Deambulaba por las calles y se introducía a más de una docena de cantinas que había en unas cuantas calles del Centro Histórico un individuo chaparrón, piernas arqueadas, moreno, siempre de “guaripa” (especie de sombrero de paja) de hablar pausado y cantado, similar al del cómico de la época de oro del cine nacional, Fernando Soto La Marina, “El Chicote”.
Vendía “lonches” sobre una canasta, provista de blanco mantel y una tabla donde rebanaba el pan de “margarita” un pieza circular que untaba con mayonesa en una tapa y mostaza en la otra, luego una rebanada de carnes frías, ya fuera mortadela, queso de puerco, jamón o pastel pimiento, cubierto con aguacate, una buena rebanada de tomate y otra de cebolla y su chile de amor – “de amor… didas-” o rociaba de salsa roja que portaba sobre una botella mezcalera, a la cual colocaba un pedazo de olote con un agujero para que saliera el producto.
Le decían “El Chirrín”, palabra que el utilizaba frecuentemente cuando alguien quería molestarlo: “Chirrín, Chirrín” y que en nuestra ignorancia creíamos que significaba el ruido que produce el zíper o cremallera de cualquier prenda de vestir, para decir ¡cállate la boca! Su significado es otro y no quisiera ensuciar esta página ni al personaje al que me refiero porque era todo lo contrario, un hombre probo, limpio de cuerpo y alma, y ejemplar padre de familia.
“Güenero” era otra de sus palabras, la que decía a alguien con afecto para hacer ver que era buena persona. A veces decía “günero no me niegues tu mirada”.
El Chirrín era afecto a las bebidas alcohólicas y una ocasión fue lanzado a la calle por el dueño de una cantina y cayó de nalgas sobre la banqueta y con su voz caracteriza media ronca, le gritó al individuo que padecía de estrabismo.
-“Güenero, no me niegues tu mirada, bizco hijo de la chingada”.
La raza lo hacía renegar y nunca supe porque se enfadaba tanto, cuando le gritaban ¡“Chirrín” dame un lonche de mariguana!
-¡Yo no vendo mariguana cabrones! Y sacaba el cebollero del canasto lo afilaba sobre el cemento y hacia como que seguía a los agresores verbales.
Habitaba en una casa en alto, al costado poniente del arroyo de la Tórtola, en una callecita apenas perceptible aun en estos días, hacia el sur de la fábrica y escuela de Sarapes La Favorita en el barrio bravo del Águila de Oro.
Y como la canción de José María Napoleón el poeta hidrocálido, “Se llamaba, no sé. Nunca lo supe. Nunca le pregunté, nunca dispuse. Era yo un mocoso”.
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