El 19 de junio de 2010 se silenció para siempre una de las inteligencias más lúcidas y una de las voces más atendibles de México. Ese día murió Carlos Monsiváis. Acababa de cumplir 72 años. Cronista de la Ciudad de México y agudo observador de la realidad, su interés por las expresiones culturales cumplían una amplia gama que iba de los más altos registros hasta lo popular.
Dueño de una impresionante erudición, lo mismo escribía sobre los poetas del siglo 19 y desmenuzaba, con igual rigor y respeto, las canciones de José José y su éxito en la sociedad de su tiempo, o escribía una crónica soberbia, insuperable, sobre el temblor que sacudió a la capital de la República en 1985.
Apasionado del cine, recordaba, casi se diría que cuadro por cuadro, aquellas escenas de las películas que más le habían impresionado. Incluso actuó en varios filmes. Recuerdo ahora el Santa Claus borracho en Los Caifanes. Pero lo mismo le apasionaba la lucha libre.
El mejor monumento a esa versatilidad, a esa capacidad de su visión periférica está en el museo El Estanquillo de la Ciudad de México. Allí conviven sus variadas y contrastantes colecciones. Porque, además, Monsiváis fue un coleccionista obsesivo, en el mejor sentido del término, lo cual le permitió salvar del naufragio del olvido fotografías, pinturas, grabados y mil cosas más.
Todo lo que le dijera algo del pasado –y también del presente– de la Ciudad de México lo conservaba como testimonio histórico, así fueran antiguas tarjetas postales coloreadas con acuarela encontradas en un cajón de zapatos en el Mercado de La Lagunilla.
Ejercía su sentido del humor en la disfrutable sección “Por mi madre, bohemios”, publicada semanalmente por la revista Siempre! Allí dejaba constancia de los dislates o excesos retóricos de un orador o de textos despeñados hasta el fondo de la cursilería.
Generoso como pocos, dictaba cientos de conferencias a lo largo y ancho del país ante públicos nutridísimos. Armando Guerra Guerra, su amigo de muchísimos años, lo invitó a comentar no recuerdo qué película en el cineclub que fundamos en Monclova a fines de los años 60 del siglo pasado. Ese cineclub era digno de Ripley –aunque usted no lo crea– por ser el más pobre de la historia, pues carecía de patrocinadores.
Armando y quien esto escribe recogíamos en la estación de camiones los rollos de las películas que nos prestaba la Universidad Nacional Autónoma de México. El entonces muy joven, pero ya famoso Carlos Monsiváis llegó a Monclova en un autobús de la compañía Anáhuac, línea entonces involucrada en una feroz competencia con la Flecha Roja, disputándose el título de peor servicio de transporte de la República Mexicana. Esa noche, no para lucirme como anfitrión sino por falta de dinero, cenamos en mi pequeño
departamento.
Acotación al margen: Terminada la función en el Teatro del Seguro Social, donde se proyectaban las películas, se nos unió Arturo Ruiz Higuera, escritor y maestro de la Escuela de Derecho, quien había viajado de Saltillo solo para escuchar a Carlos. Fue la última vez que lo vi, pues murió poco después.
En 1989 Monsiváis volvió a Saltillo a participar en el ciclo de conferencias organizado con motivo del centenario del nacimiento de don Julio Torri. Era el mismo que conocí 20 años atrás. En estos tiempos tan confusos, de cambios en ocasiones tan desconcertantes, cómo hace falta la pluma, la aguda visión y el juicio certero, a veces implacable, de Carlos Monsiváis.
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