El gobernador Miguel Riquelme también escuchó el canto de sirena, pero, para no perder el tiempo en fuegos fatuos, decidió ignorarlo. En su círculo cercano y en columnas políticas se le candidateó para la Presidencia de la República «por su liderazgo, los resultados de su Administración y su aprobación en las encuestas». El lagunero prefirió organizar la sucesión y preparar su salida en vez de subirse a las sillas voladoras. Una decisión sensata, pues el horno no está para bollos. Armando Guadiana es el peligro menor por ahora. A quien afrontará en las urnas el 4 de junio y en los meses previos será al presidente Andrés Manuel López Obrador y a todo el aparato de la 4T.
El escenario sucesorio es distinto al de hace cinco años. Como candidato del PRI a la Gubernatura, Riquelme cargó con el lastre del «docenio» de los Moreira (nepotismo, deuda, empresas fantasma, violencia, soberbia, conflictos con el sector privado y con la Iglesia), cuyo costo se pagó en las urnas. El PRI perdió más de 280 mil votos entre las elecciones de 2011 y 2017 y Riquelme estuvo a punto de ser derrotado por su contrincante del PAN, Guillermo Anaya. Para frenar a Morena el año próximo, el PRI y el PAN —enemigos históricos— concertaron una alianza. Por separado, ninguno ganaría.
El exalcalde de Torreón remontó las animadversiones heredadas y se diferenció de sus predecesores inmediatos. «Yo no me apellido Moreira», declaró en campaña al ser cuestionado sobre su relación con el clan. El Gobernador privilegió la conciliación con los sectores críticos del PRI y del Gobierno. Después de los fracasos electorales de 2017, 2018 y 2019, Riquelme volvió a hacer del PRI un partido ganador, ayudado por unas oposiciones vacuas y débiles. La prueba de fuego serán las elecciones de 2023 en las cuales se nombrará a su sucesor.
Los cinco primeros años de la Administración fueron difíciles por las restricciones presupuestarias impuestas por el pago de intereses de la deuda, el recorte del fondos federales, la pandemia de Covid-19 y los conflictos con el presidente López Obrador. Sin embargo, Riquelme ha podido sortear los problemas, mantener la disciplina y preservar el orden y la paz en el estado. Esta situación le restará presiones al PRI y a su candidato en la campaña, la cual se anticipa enconada. Ricardo Mejía (PT) recurrirá a la polarización. Manolo Jiménez ha sido cuidadoso. La nominación de Guadiana lo puso al frente de las encuestas. El apoyo de Riquelme, aun a costa de su preeminencia, le ha permitido avanzar su proyecto.
La disputa será por Saltillo y La Laguna, regiones que concentran la mayor parte de los votos. El PRI mantiene el control de la capital, y en Torreón las preferencias están divididas. El Gobierno de Riquelme entró ya en la recta final. En poco más de cinco meses se conocerá el nombre del futuro Gobernador y ¡adiós Madrid! Antes de definirse las candidaturas, las intenciones de voto marcaban un empate técnico —inédito— entre las principales fuerzas políticas del estado (el PRI y Morena) y sus respectivos aliados. Sin embargo, la postulación de Mejía por el Partido del Trabajo alteró el escenario. El pulso entre Riquelme y López Obrador por ganar Coahuila prefiguran una elección de pronóstico reservado. El PRI se mantiene unido, Morena se partió, pero AMLO juega en varias pistas.
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