La resistencia a los cambios de Gobierno es normal en cualquier democracia, pero cuando un partido ejerció el poder de manera ininterrumpida, como pasó con el PRI en México, las presiones son mayores. Máxime cuando la pretensión consiste en modificar el régimen, como en el caso actual. El enquistamiento del PRI en el poder durante 71 años rezagó al país en términos democráticos, económicos y sociales. La alternancia con el PAN devino en decepción, pues no produjo los resultados prometidos, en parte porque los presidentes Vicente Fox y Felipe Calderón aplicaron las mismas recetas neoliberales y no combatieron la corrupción. El retorno del PRI a la Presidencia con Peña Nieto marcó el fin del viejo sistema.
La alternancia hacia la izquierda fue consecuencia del hartazgo social, de la crisis de liderazgos, del abandono a los sectores menos favorecidos y de la concentración de privilegios en las elites. La oligarquía impuso sus reglas a gobiernos débiles y, en la mayoría de los casos, deslegitimados por provenir de elecciones fraudulentas. Andrés Manuel López Obrador, como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, llegó a la Presidencia tras varios intentos y con un amplio respaldo en las urnas. No ha sido el estadista que prometió ser -Lula, sí, sobre todo en su primer mandato- y que muchos esperaban, pero su base de apoyo es mayor a la de cualquier líder y su partido (Morena) encabeza las preferencias para la sucesión de 2024.
López Obrador es un político de la vieja guardia y su idea de país choca con el modelo dominante, pero la globalización también está en declive y tiene enemigos poderosos. La presión demográfica y migratoria, la pobreza y la inseguridad, el desempleo y la falta de oportunidades tienen en jaque a los gobiernos del mundo. AMLO, como otros líderes, busca darle al Estado la centralidad perdida frente al mercado, las corporaciones globales y los grandes medios de comunicación, concentrados cada vez más en menos manos. Reporteros Sin Fronteras aborda el tema en: Los oligarcas se van de compras.
Las crisis provocadas por el Covid-19 y la guerra Rusia-Ucrania ahondaron la desigualdad y atizaron los nacionalismos. Para afrontar la escasez de energéticos, gobiernos de Europa y América Latina han dado pasos para reasumir el control de empresas estratégicas. AMLO ha revertido reformas, algunas de ellas viciadas, para rescatar a Pemex y a la Comisión Federal de Electricidad, abandonadas por décadas para favorecer a empresas nacionales y extranjeras. Esa política contradice los acuerdos internacionales para desarrollar energías renovables y eliminar el uso de combustibles fósiles. AMLO busca consumar la cuarta transformación en mundo cambiante.
El Presidente ha cometido errores garrafales, pero también afronta resistencias formidables por los intereses afectados y los privilegios cancelados. En un país polarizado, hay quienes apuestan al fracaso del Gobierno sin medir las consecuencias. Los resultados de la 4T son demasiado pobres todavía. Pero al margen de lo que ocurra en la sucesión presidencial del 24, la única certeza es que las cosas no volverán a ser las mismas. El regreso al pasado no es posible. Morena ganó la Presidencia cuatro años después de su fundación y es el nuevo partido hegemónico. El PAN no pudo serlo y el PRI va de salida. La falta de propuestas de las oposiciones y su ensimismamiento las aleja de una población agotada de esperar… hasta la siguiente decepción. El tiempo es hoy de las izquierdas.
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