Espectáculos
Por
Redacción
Publicado el miércoles, 28 de enero del 2009 a las 16:00
Saltillo, Coah.- Por un lado, el nihilista Henry Bech. Por el otro Harry “Conejo” Armstrong, esperanzado hasta la ingenuidad. Fueron más de 50 novelas las que escribió John Updike a lo largo de su vida, pero es en las sagas sobre estos dos personajes donde parece condensarse el intríngulis de sus inquietudes literarias.
Bellow hizo de Chicago su hogar literario; Cheever habitó como nadie los edificios departamentales de Nueva York y Philip Roth perfiló con agudeza su Nueva Jersey judío. Siguiendo esa línea, Updike hizo de cada suburbio americano el refugio de su ficción.
Pero que esto no nos engañe: esta generación no pretendía hacer ningún ensayo sobre el perfil yanqui. El destino era más grande aún: encontrar lo literario en el hombre ordinario, notar su grandeza aún en sus guiños trágicos o peripatéticos. Un ideal griego pero en versión más democrática, en suma.
Su nombre está asociado a Roth, Cheever y Bellow como parte de una generación que le dio vida a una literatura que se creía perdida tras la “Generación Perdida”. Ayer, por causa de cáncer de pulmón, Updike murió a la edad de 76 años.
En esa doble mirada de Updike (Bech: el nihilismo desconsolado, la certeza de que no quedan soluciones; Conejo: la esperanza, la lucha cotidiana, la sonrisa resignada) se trazan los caminos que han utilizado nuevas generaciones de escritores norteamericanos y al resto del mundo nos ha ofrecido el rostro del imperio que más se nos parece.
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