Espectáculos
Publicado el jueves, 29 de enero del 2015 a las 22:49
Saltillo, Coah.- Existen historias que no pueden ser contadas en 350, en 800, en mil 500 palabras. Incluso un periodista con experiencia se rebela ante las limitaciones de la nota diaria, es por ello que Omar Millán decidió que sólo en un libro podía compartir la espiral de violencia que sufrió Tijuana durante varios lustros, y de la que él fue testigo de primera mano.
La tarea comenzó en marzo de 2008, cuando el diario “San Diego Union Tribune”, para el que trabajaba en forma independiente, le pidió que realizara un mapa virtual que mostrara las zonas de Tijuana con los mayores índices de criminalidad.
“Ellos querían saber si la violencia estaba focalizada, si se daba en cierta parte de la ciudad, conocer las víctimas, las edades, con cuáles armas habían sido asesinadas”, recuerda el autor de “Viaje al Este de mi Ciudad” (Trilce / DGP Conaculta, 2013).
Y aunque el mapa nunca nunca se publicó, tampoco los reportajes debido a los cambios que sufrió el diario debido a la recesión económica, Millán ya no pudo abandonar estas historias que lo condujeron a los barrios más peligrosos y desoladores de su ciudad natal.
“Para mí no fue sorpresa que la violencia se diera, mayormente, en la zona este de Tijuana, que comprende alrededor de 30 barrios marginales, que habían crecido en los 70 y principios de los 80. Básicamente eran migrantes del sur de México que se habían establecido ahí con la esperanza de cruzar en forma ilegal a Estados Unidos, o de emplearse de forma inmediata en las maquiladoras y las fábricas. Pero se establecieron en zonas que no tenían servicios públicos, que no tenían escuelas ni parques, ni áreas deportivas, mucho menos museos o sitios culturales”, recuerda. La guerra contra el narco en Tijuana, relata el periodista, se centró en la Zona Este, donde había una mayor marginación y poca educación, donde los jóvenes no tenían nada que perder. La ecuación perfecta para la descomposición social.
“Para mí no fue extraño que la violencia creciera, porque el lugar fue un caldo de cultivo para que una fracción del crimen organizado se impusiera ahí, para que estableciera el orden que no había. Oficialmente, en estas zonas, de acuerdo con el Ayuntamiento y el INEGI, se establecían 150 mil personas al año.
“Era población con mucha frustración encapsulada, gente que tenía el deseo de mejorar su vida y que se encontraba con esta zona en malas condiciones y que estalló, sobre todo en el sexenio de Felipe Calderón, cuando se da esta declaratoria de la guerra contra el narco. Entonces se da una guerra intestina en el cartel que históricamente había dominado Tijuana, el de los Arellano Félix. Llegan los marinos, la policía federal, a Tijuana, y los soldados se quedan en las calles”, explica con detalle.
Pero entre todos estos sucesos, Millán quería contar la historia de cómo reaccionó la sociedad ante esta hidra cuyas cabezas eran cercenadas, pero que se multiplicaba sin cesar, horrorizando a todos.
“La historia del narcotráfico se ha contado a través de testimonios de los narcos. A mí lo que me interesaba no era ese lado, aunque en el libro hay un capítulo dedicado a uno de los monstruos de esta guerra, Santiago Meza, apodado el pozolero, que acepta que disolvió en sosa cáustica a cerca de 300 personas. No me interesaba ese ángulo del testimonio del narco, tampoco hacer un recuento de asesinatos, decapitados, encobijados, no quería manchar a todos de sangre. Me interesaba la reacción de la gente, que siento que es la parte que no se ha contado y que creo que ahorita está muy latente en el resto del país”, plantea el autor de “La Fábrica de Boxedores en Tijuana”. Millán señala que en un principio Tijuana tuvo una reacción de tolerancia hacia la cultura del narco, desde que se estableció el cártel de los Arellano Félix a principios de los 80. Más tarde se dio una empatía e incluso una simpatía en los estratos sociales altos, en la gente adinerada que no tenía poder, un fenómeno que dio origen a los narco juniors.
“Había una reacción de tolerancia y luego de indolencia cuando empezaron a aparecer las primeras víctimas del narco en los años 90 y los primeros años de este siglo. La gente decía: seguro le pasó porque estaba involucrado.
“Luego viene otra reacción, la de horrorizarse cuando aparecen hombres colgados en los puentes, cuando se descubren encobijados, con las balaceras en zonas residenciales. Me interesaba exponer esta reacción del horror frente algo que es caótico, inaudito en una sociedad a la que le conocíamos su leyenda negra, su mala fama, pero esto sobrepasaba todos los límites”.
Después vendrían la desesperanza, la parálisis, la desconfianza hacia amigos y parientes, la huída en masa de quienes tenían dinero para irse de Tijuana, el volcarse a la religión en espera de una ayuda divina.
“En el libro hay un capítulo dedicado a una asociación civil que compró mil veladoras y que pidió que los tijuanenses rezáramos todos los días, para conmover a los narcotraficantes para que dejaran las armas y el narco”, dice el reportero con una sonrisa triste.
No todos los tijuanenses se dieron por vencidos, varias organizaciones realizaron eventos con el fin e reactivar las actividades culturales, sociales y económicas en la ciudad fronteriza.
“Hay otra comunidad que comienza a pedir que no abandonemos las calles. Curiosamente eran distintos grupos, unos ligados al arte, otros al comercio, grupos empresariales, que hacen una serie de eventos públicos para decirle a la gente que no abandonen su ciudad”, añade. Aunque el Gobierno se unió en todos los niveles para combatir el narco, se depuraron las policías y bajó drásticamente el número de muertes violentas, el problema no se ha solucionado. Tijuana, señalada en el 2008, junto con Irak, como una de las zonas más violentas del mundo, dejó de ser protagonista.
“Surgen crímenes atroces en otros lugares del país y los medios de comunicación empiezan a enfocarse en Monterrey, Tamaulipas, Guadalajara, Michoacán, Guerrero. En Tijuana sí dejaron de existir crímenes de alto impacto, como se llamaba a los tiroteos en sitios públicos o los asesinatos relacionados con el narco, y bajamos de 800 asesinatos anuales a 400”. A cambio, explica, se triplicó el número de adictos. Ahora es el Cártel de Sinaloa el que domina la frontera.
“El problema no se ha solucionado, no se va a solucionar porque la forma en que se está combatiendo no es la adecuada”, afirma contundente.
“Creo que lo que nos ha pasado es que muchos han cerrado los ojos a la realidad y eso significa también que cerramos los ojos a la injusticia, a la ignominia, a las matanzas”.
Millán señala que es necesario seguir hablando de estos temas porque, contrario a lo que sostienen muchos medios, que el tema del narco ya no es actual, lo que ha pasado en México en los últimos meses en Guerrero nos recuerda que existen miles de desaparecidos, de crímenes sin resolver.
“No sé si lo que siga es tomar las calles y decir que son nuestras. Tenemos que crear círculos de convivencia en los que exijamos justicia, si no cerramos esa herida seguirá el dolor en el país. Si no lo hacemos, todo se repetirá: los crímenes, la corrupción, la impunidad”.
“Los periodistas no debemos dar la vuelta a la página hasta que se haga justicia”, concluye.
Caldo de cultivo
Horror y desesperanza
Lejos la solución
El libro
Viaje al Este de mi Ciudad
De Omar Millán
Con fotografías de Guillermo Arias y Jorge Dueñes
Trilce/ DGP Conaculta
Edición bilingüe
320 páginas
375 pesos
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