En circunstancias normales el cuarto año marca el inicio del juego sucesorio y el declive del Gobierno, pero las condiciones de Coahuila y el país puede acelerarlos. En ese punto, el Presidente o el Gobernador de turno mueven ficha y los aspirantes toman posición para su eventual ungimiento.
Eliseo Mendoza pasó de la Subsecretaría de Energía a la presidencia de la Cámara baja; Rogelio Montemayor, del Senado a la coordinación de Solidaridad en el estado; Enrique Martínez, de sus empresas al Congreso; Humberto Moreira, de la Secretaría de Educación a la Alcaldía de Saltillo; Rubén Moreira, de la presidencia del PRI a la Cámara de Diputados; y Miguel Riquelme, de la Legislatura federal a la Presidencia Municipal de Torreón.
Humberto dejó de sucesor a su hermano Rubén y este a Miguel Riquelme. El escenario para 2023 es distinto. Hace cuatro años el PRI estuvo en un tris de perder la Gubernatura e incluso la victoria de Riquelme pudo haber sido anulada, pero el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación lo salvó.
El Gobernador dice tener una relación cordial y de respeto con sus predecesores. Con respecto a quien, para algunos sectores, aún influye en las decisiones, o al menos de eso se jacta, acota. “Si yo hubiera visto que en este caso el exgobernador (Rubén Moreira) u otro expolítico quisiera meter mano a mi Gobierno, hubiera hecho lo mismo que ellos hicieron… (¿no tolerarlo?, énfasis del columnista). Entonces, no hubo necesidad (…)”
(Zócalo Saltillo, 29.11.20).
Riquelme sabe lo que se piensa acerca de cómo y por quién obtuvo la Gubernatura. “Aunque hubiera salido y les hubiera dicho: ‘oigan, yo soy diferente, yo soy Miguel Riquelme y voy a gobernar’, la gente te hubiera dicho: ‘no, estás loco cab…’. La verdad es que eso se tenía que demostrar. Ha costado, porque cuando lo haces a pulmón (…), pues tiene un mayor grado de complejidad. Hay muchas formas de demostrar que tú eres el Gobernador. Yo nunca he optado por esa línea. Mi línea ha sido demostrar (…) que tengo capacidad para llevar las riendas…”.
Los principales cargos de la Administración de Riquelme los ocupan exfuncionarios de Rubén Moreira; algunos, incluso, la misma cartera. En el Tribunal Superior de Justicia, convertido en reducto del clan, sucede lo mismo. Empero, el moreirato está de salida.
Sin autoridad moral ni respaldo social por la estela de corrupción de la megadeuda, las empresas fantasma, las masacres en Allende y Piedras Negras, las desapariciones forzadas y otros atropellos, la marca es objeto de repudio y de nuevas investigaciones. Sus acólitos, incluido el menor de la tribu, dejaron de representar un peligro y se han plegado al poder para no exponerse a una de las “muchas formas de demostrar” quien manda.
En la entrevista con Leopoldo Ramos, Néstor González y Sergio Cisneros, Riquelme fija los tiempos de la sucesión: “terminado el cuarto año es cuando empiezan a calentarse los motores”. No, los corredores ya están en la pista y las máquinas, a punto. Él mismo anticipa cambios en el Gabinete por los comicios del 6 de junio. El PRI nombrará al candidato, dice, pero el PRI es él. Lo demostró en las elecciones de diputados con un “carro completo” rotundo pero engañoso. A escala nacional, el PRI es un fiambre.
En el ámbito de su partido, Riquelme da una clave para la sucesión de 2023 con visos de compromiso: “Que (al Gobierno) no llegue alguien que venga a destruir nuestra entidad o las instituciones que hemos creado…”. ¿Una parodia de los Moreira? Impensable. Riquelme recibió un estado en ruinas en términos financieros, institucionales y de credibilidad.
El futuro gobernador no se elegirá en su despacho, sino en las urnas, pero lo que sí está en sus manos es la postulación de un candidato atractivo y confiable para los ciudadanos. Si el PRI –o sea él– se equivoca, las puertas para la primera alternancia se abrirán
de par en par.
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