El mes de mayo se caracteriza por ser uno de los que tiene mayores fechas conmemorativas del año, como el Día del Trabajo, el Día de las Madres, el Día del Maestro, el Día del Estudiante, entre otros, lo que trae consigo algunos días de asueto o lo que coloquialmente se dice: “puente laboral”, que en muchas ocasiones beneficia a docentes y estudiantes en todos los niveles educativos.
Pues he aquí que me encontraba yo, gozando de un puente laboral platicando con un buen amigo de origen francés, que radicaba en Saltillo, Coahuila, ya que en ese entonces era maestro de la Alianza Francesa en la capital del estado.
Quien muy sonriente me comenta: -Oye, amiga, qué buena onda que en México tengan tantos días libres, en Francia esto no se estila; por cierto ¿gracias a qué?, tenemos el honor, como ustedes le dicen, de este puente. A lo que yo, pronta y expedita le contesté, – pues verás, se debe a que se conmemora una batalla en la que los mexicanos derrotamos al mejor ejército del mundo en ese momento.
Mi amigo, muy animado, me dice: – Qué interesante, platícame más… y yo: – mmm, estás seguro que quieres saberlo, (el pobre tenía una cara de inocencia, y parecía realmente no saber sobre qué trataba la batalla de Puebla), por lo que insistí en que mejor ahí la dejáramos, pero no, el sujeto no aceptaba y seguía inquiriéndome, llegó a tal extremo que me llenó, como dicen en mi metrópoli, el buche de piedritas.
¡Mira!, le dije por fin, el 5 de mayo los mexicanos festejamos el día en que vencimos a los franceses. Su rostro cambió y en un gesto de incredulidad me atosigó con muchas preguntas para tratar de encontrar un sesgo de mentira en mi afirmación, obviamente, como soy una ferviente enamorada de la historia nacional, no dejé lugar a dudas sobre la honrosa victoria obtenida por el Ejército Mexicano aquel día.
Aunado al hecho de que mi ciudad natal lleva el apellido del generalísimo Ignacio Zaragoza, en reiteradas ocasiones he reparado en ese hecho histórico y sus repercusiones en el ámbito local, nacional e internacional.
Primero referiré que el citado general es propiamente una personificación del heroísmo en todo su esplendor, pues este joven veterano de guerra a sus cortos treinta y tantos, ya había superado la Revolución de Ayutla y la Guerra de Reforma, para el momento en el que se topó de frente con la Segunda Intervención Francesa.
Juárez lo había mandado literalmente al matadero, le dijo: -Ve y resiste lo más que puedas. Nuestro general aceptó, dejando morir sola en su lecho a su joven esposa desahuciada, para cumplir con su deber patrio.
Como ya mencioné, el ejército francés era considerado el mejor del mundo, con soldados bien uniformados, armados y entrenados, tenían además un escuadrón especializado que los hizo triunfar en el Sahara y en innumerables batallas en territorios inexpugnables, a la cabeza del Conde de Lorencez; un personaje petulante que le aseguró a Napoleón III, que con el solo hecho de que él pusiera un pie en el territorio nacional, todos los mexicanos nos someteríamos a su poderío incuestionable.
Ante su sorpresa, el general resistió en los fuertes de Loreto y Guadalupe, situados a las afueras de la ciudad de Puebla, ahí esperó el ataque del ejército francés, que se produjo el 5 de mayo de 1862, de la que el general Zaragoza resultaría vencedor cual David frente a Goliat.
Tras los resultados de la victoria, los franceses tuvieron que traer un ejército 6 o 7 veces mayor que tardó más de 1 año en tomar la ciudad de Puebla, heroicamente defendida por el ejército que mandaba el general González Ortega, quien ocupó el lugar de Zaragoza.
Los resultados simbólicos de la victoria son difíciles de calcular, Puebla fue emblema de la resistencia, le dio a los republicanos una fecha qué celebrar durante la resistencia, fecha que hasta nuestros días es de las pocas conmemoraciones en las que hay consenso. Inclusive entre los migrantes mexicanos en Estados Unidos, el 5 de mayo representa el máximo símbolo de identidad nacional, aun por encima de la celebración de la Independencia.
El 28 de septiembre de 1862, consumido por la fiebre, el general Zaragoza exhalaba su último suspiro. La república perdía a uno de sus mejores generales, pero ganaba una bandera, un símbolo que sería utilizado eficazmente por el gobierno de Juárez para inspirar a la resistencia. El joven general fue convertido rápidamente en el héroe republicano por excelencia, inmediatamente fue bautizada con su nombre la ciudad de su triunfo. La república tenía un héroe: El vencedor de los invasores, el joven patriota que encaraba todas las virtudes que la patria necesitaba en los duros años por venir.
En 1862, la república agonizaba junto con Zaragoza, uno renacería como bandera, la otra expulsaría a los invasores después de cinco años de resistencia y nunca más se cuestionaría su derecho de gobernarse a sí misma.
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