En la pasada columna di inicio a una descripción sobre la estructura de la línea del tiempo de la historia de la humanidad, en la que se ilustra la evolución de los conceptos que han intentado regir la conducta de los seres humanos en la vida en sociedad en nuestras diferentes civilizaciones. Discurríamos sobre las creencias y cultos hacia seres mágicos y poderosos que regían absolutamente todo lo que sucedía en la Tierra, desde los fenómenos naturales como las inundaciones y las sequías, hasta el destino de todos los habitantes del planeta.
La semana pasada se reflexionó también sobre el Código de Hammurabi y la Ley del Talión, 282 leyes que más que nada tratan sobre los castigos que serán impuestos sobre los detractores de tales leyes.
Pero entonces, ¿cuándo empieza realmente el discernimiento sobre la conducta de la especie humana para poder vivir en paz y felices todos en una gran comunidad mundial? En mi opinión quien inaugura el pensamiento certero, lógico y trascendente, es el antiguo profeta persa llamado Zaratustra (Zoroastro en griego) quien vivió en lo que ahora es Irán entre los años 1500 y 1000 antes de Cristo. Antes de Zaratustra, los antiguos persas adoraban a las deidades de la antigua religión Aria de Irán, el origen de la religión que llegaría a ser conocida como el hinduismo y que, aunque parezca insosteniblemente exagerado, cuenta con millones de Dioses. En Zoroastro encontramos un antecedente humanista de la doctrina de Jesucristo, y como muestra de ello les comparto su filosofía conjugada en estos consejos: “Sé bueno, sé amable, sé humano y caritativo, ama a tus semejantes, consuela a los afligidos; perdona a los que te han hecho daño”.
Las enseñanzas de Zoroastro planteaban la existencia del bien y del mal, examinando la naturaleza tanto espiritual como moral del ser humano. En la doctrina de Zoroastro, Ahura Mazda, es el dios del bien, y Angra Mainyu es el dios del mal. Existe siempre una lucha constante entre el bien y el mal, y esa es la vez la inestable constante que existe en la disputa entre el comportamiento bueno o malo de los seres humanos, esa constante lucha se traslada hasta nuestros pensamientos, deseos, tentaciones, pasiones. Y como catalizador de esta incesante contienda, los seres humanos tenemos plena libertad de elección para decidir cuál es el camino que deseamos seguir. Aquí está todo el meollo del diseño de nosotros como especie: “el libre
albedrío”.
Esto es lo que aparentemente da pie a todos los problemas de la humanidad, las guerras, las injusticias, los abusos, los crímenes, los delitos, etc. Aun y cuando hay muchas teorías –en mi opinión absurdas– que alegan que no existe el bien ni el mal, que todo es relativo y depende de las particulares circunstancias de quienes participan en los acontecimientos, considero que esta cuestión es tan sencilla como que si dañas a alguien, o a algo, eso es malo, si los beneficias, es bueno, lo mismo vale para uno mismo, Según las leyes y las normas establecidas, es totalmente nuestro el poder para decidir nuestras acciones para con nosotros mismos y los demás.
Entonces, ¿por qué hay tanta maldad en el mundo? ¿Qué es lo que está fallando en la humanidad? ¿Serán las leyes? ¿Serán las instituciones encargadas de hacerlas cumplir? ¿Serán los dioses? ¿O los mandamientos que nos mandan obedecer? ¿Qué es? A mí me parece que tanto las leyes, como los mandamientos divinos, como los grandes consejos de profetas y sabios son correctos, intachables, incólumes; en general toda la teoría ya está escrita y difundida, el problema es entonces la
práctica.
El problema, lo dije la columna pasada, y lo repito en esta, es que no somos capaces de llevar a la práctica de la realidad en nuestra vida diaria, lo que supuestamente tendríamos qué hacer sin siquiera pensarlo, dudarlo o cuestionarlo. Pero, ¿por qué es así? Pues porque somos imperfectos, es la respuesta consensada, pero entonces, ¿por qué somos imperfectos? ¿Cómo sucedió que la especie más nueva y evolucionada en este planeta sea la más imperfecta, torpe y lenta para valerse por sí misma en actividades claves como alimentarse, desplazarse y comunicarse? Todo ello hay que tomarlo en cuenta para poder hacer juicios de valor en cuanto a quienes somos en realidad.
Para poder seguir filosofando en torno a estas preguntas, y a otras varias más, voy a seguir aportando a este breviario normativo de la conducta humana, las recomendaciones de nuestros grandes sabios.
Para concluir con Zoroastro, él nos enseña a través del Avesta, que es el libro sagrado del zoroastrismo, que hay seis categorías divinas: La verdad más alta, la actitud sagrada, la buena elección, el bienestar, la felicidad inmortal y la buena mente. A estos preceptos añade que: quien piensa bien, bien debe predicar, y quien bien predica, bien debe actuar. He aquí un antecedente de lo que es correcto en cuanto a pensamiento, palabra y acción. Un concepto nos lleva al otro, y de esta manera empezamos a cerrar el círculo en torno a la teoría universal unificada del comportamiento deseado de la especie humana.
En la próxima columna veremos cómo todo esto se vincula al pensamiento y doctrina de Buda, Lao-Tse, Confucio, los griegos y otros sabios más, y cómo a través de la transmutación se puede intercambiar todo el mal en bien, todo el sufrimiento en gozo, y lo negativo en positivo.
Un abrazo para todos y los invito a reflexionar profundamente sobre el significado más profundo de lo que se rememora en estos días santos, relacionado con la lucha entre el bien y el mal.
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