Coahuila
Hace 5 años
El pasado 9 de abril falleció el príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel II. Casados por más de 70 años y “aunque como consorte de la soberana no tenía un rol constitucional, nadie fue tan importante como él en la vida de la monarca”, según lo señala la BBC.
Mencionar esto, sin duda es relevante para todos, pero mucho más para todas las mujeres que cuentan con responsabilidades en su ámbito laboral. Más aún para aquellas que juegan roles de alta responsabilidad como la dirección de una empresa o de un Estado.
El hecho de que el príncipe Felipe apoyara siempre a su esposa para asegurar que ella pudiera reinar, pretendió durante muchas décadas, ser una conducta desdibujada por el machismo, la crítica social y la prensa amarillista.
Tras su muerte, el duque de Edimburgo, probó ser fortaleza incondicional para la Reina en asuntos públicos y privados.
Consiente del sacrificio personal que le imponía ser consorte de una de las figuras más importantes de Inglaterra, Felipe —señalan distintos medios de comunicación—, renunció por amor, a su título de príncipe de Grecia y Dinamarca para tomar la nacionalidad británica y casarse con la princesa Isabel. La coronación de su esposa como Monarca de Inglaterra mencionan, le hicieron desde abandonar su prometedora carrera, hasta la decisión de imponer su apellido a los hijos de la pareja.
Sin embargo, Felipe fue un hombre versátil, además de apuesto, deportista, vigoroso, acostumbrado al mando naval de la Marina Real Británica —a quien sirvió en la Segunda Guerra Mundial—, defensor de la naturaleza y promotor de proyectos ligados al bienestar de los jóvenes. Hombre con opiniones propias sobre temas de Estado, que demostró su adhesión siempre a las aspiraciones de su nación y de su reina. Practicó limitarse, apoyar a su esposa por más de medio siglo en el espacio íntimo, guardando una posición discreta en el espacio público, e involucrándose en las tareas necesarias de la realeza sin caer en protagonismos.
Hoy los movimientos de mujeres exigen a los hombres ponerse a la altura personajes como el duque de Edimburgo, que han apoyado en el transcurso de la historia a mujeres o a sus causas, que sean empáticos con el rol que ellas juegan ante sus responsabilidades, aportando en la construcción del liderazgo femenino a través de su diario actuar y no solo en el discurso o en las marchas.
Compañeros o parejas de mujeres como; Angela Merkel o Kamala Harris, —a nivel internacional—, Verónica Martínez (recientemente designada vicepresidenta del Senado) y Martha Garay –a nivel nacional— o Luz Elena Morales, Martha Loera y Teresa Guajardo, —a nivel local—, son hombres que se han reconciliado con su interior, que son conscientes del importante papel que ellos juegan con su compañera de vida y con la sociedad, que son capaces de reconocer en sus consortes un liderazgo natural y social, sin que eso los haga perder su propia personalidad y su
fortaleza.
Las mujeres necesitamos aliados varones como ellos, que se sumen a la vindicación de los derechos de las mujeres, sin que esto lo veamos como un freno para su desarrollo, el cultivo de sus capacidades o la disminución de su firmeza. La idea de la masculinidad y el ejercicio del poder, fue lo que el príncipe Felipe distinguió separar sabiamente.
El equilibrio en la balanza entre el poder de los hombres y de las mujeres, debemos buscarlo y fomentarlo en los actos más cotidianos, en los más evidentes. Un hombre hoy, es aquel que es capaz de acompañar a su pareja de formas no preestablecidas, sin roles o patrones. El feminismo, no solo ha venido a liberar a la mujer de la opresión, el rechazo y la desigualdad, también ha venido a liberar a todos los hombres del mundo cambiando la forma en la que definimos y vemos la masculinidad.
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