Vaya reto el que enfrentamos todos, tanto autoridades como ciudadanos: regresar a clases presenciales en agosto. Con todas las dificultades y riesgos que implica, sería la gran afirmación, en los hechos, de que ahora sí logramos “domar” a la pandemia.
Las autoridades empiezan a dar pasos concretos para lograrlo. Se analizan protocolos, logística y se proyectan escenarios (o al menos eso deberían estar haciendo) e inicia el proceso de rehabilitación de cientos de planteles que sufrieron robos, fueron vandalizados o que presentan altos niveles de deterioro tras año y medio de abandono.
Bajo el entendido de que las aulas con más de 30 alumnos ya no serían viables, por su alto riesgo, pues cabría suponer que se analizan también modelos híbridos, el dividir por horarios o días a los alumnos y tal vez hasta ampliar la infraestructura existe y el número de docentes, en la medida en que presupuestariamente esto sea viable.
A los ciudadanos nos toca entender que tenemos prácticamente tres meses, mayo, junio y julio, para aportar nuestro granito de arena en este gran esfuerzo colectivo.
Habría que entender que, en el mejor escenario, para agosto estarán vacunados todos los profesores y personal docente y probablemente hasta la mayoría de los padres de familia, tal vez los mayores de 40 años, pero ciertamente nuestros niños y jóvenes no lo estarán.
Ello implica una labor titánica para inculcar en ellos la cultura de la autoprotección, del que en todo momento y bajo cualquier circunstancia mantengan los protocolos, como el uso de cubrebocas y, especialmente, la sana distancia, para minimizar riesgos, que, con el coronavirus, pues siempre estarán presentes.
Y partimos hoy de un escenario privilegiado, con una muy baja tasa de contagios y de decesos. Estamos en una etapa en la que el virus se encuentra muy debilitado y depende de todos, del rigor en seguir cuidándonos, el que este escenario continúe e incluso que le propinemos otro gran golpe a este virus.
Sí, tenemos tres meses para prepararnos, en forma y fondo, para superar este gran desafío y que nuestros niños y jóvenes regresen a las aulas. Se puede, no es imposible y, ciertamente, vale la pena. Sería una gran afirmación social de que, en los hechos, logramos domar a la pandemia.
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