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Coahuila

El perfecto enemigo

Por Fernando de las Fuentes

Hace 5 años

Como todo lo que es inherente a la naturaleza humana, el afán de perfeccionismo puede ser usado para bien o para mal, es decir, con salud mental o patológicamente.

El perfeccionismo sano no aspira a satisfacer una expectativa, propia o ajena, de cómo deberían resultar las cosas, sino a la satisfacción de hacer lo mejor posible.

Sin embargo, en una sociedad competitiva, en la que el sacrificio condicionante y el esfuerzo sin delimitación son sinónimo de éxito, el perfeccionismo toma fácilmente tintes patológicos.

Somos educados, desde pequeños, para satisfacer las expectativas de nuestros padres, de manera que, si no logramos su atención y amor, al menos no nos sentimos culpables por perturbarlos con nuestra imperfección.

La mayoría de los seres humanos es sobreexigida en su infancia, cualesquiera que sean los estereotipos que los padres le impongan; pocos son estimados tal cual son, validados y reforzados en sus características personalísimas, y muchos menos son depositarios de confianza respecto de sus capacidades. No hay que confundir, por cierto, esa confianza con la negación.

Así pues, aunque sabemos perfectamente (valga el recurso literario) que la perfección es imposible, algo en nuestro interior siempre está intentando alcanzarla, para complacer a otros y lograr su aceptación, o al menos para no disgustarlos.

Es en este punto de conflicto interior en el que comenzamos a generar ansiedad y estrés. Nos atormenta la idea de no hacer las cosas a la perfección. Empieza la patología, que incluirá autodesprecio por no corresponder al modelo ideal y, por tanto, baja autoestima.

El principal problema del perfeccionismo es que en muchas ocasiones no sabemos que habitamos en su prisión. Como con cualquier problema que tengamos, identificarlo es el primer paso. De ahí las siguientes características de este impulso en su fase patológica.

Hay dos tipos de perfeccionistas: el introvertido y el extrovertido. El primero evidencia inseguridad y baja autoestima, la timidez suele ser su sello y nunca está satisfecho consigo mismo, se demeritará ante otros aparentando humildad. Vive planificando un mundo ideal y autoflagelándose por no caber en él.

El extrovertido no tiene, aparentemente, baja autoestima y suele pasar por seguro de sí mismo; sin embargo, es incapaz de delegar porque no confía en que los demás puedan hacerlo tan bien como él o ella.

Exigen perfección en otros, pero no en sí mismos. Quienes los rodean no conocen sus expectativas y siempre fallan, porque esa es la estrategia de este tipo de perfeccionista: que los demás se equivoquen, y así él o ella siempre acertará.

En cualquier caso, para los dos tipos de perfeccionista nunca nada es suficiente, ya se lo exijan a sí mismos y/o a los demás.

No sobra señalar que la insatisfacción permanente causa una amargura profunda, que se traduce en intolerancia, irritabilidad, volubilidad, incapacidad de intimar, exigencia continua, resentimiento y otra serie de emociones, actitudes y conductas que envenenan al que las genera y dañan a quienes le rodean.

Aquel que es perfeccionista consigo mismo no siempre se autoimpone un modelo, sino que puede creer que debe responder a lo que los demás esperan de él. Esos “demás” suelen ser ese otro perfeccionista que exige, pero no se autoexige. La pareja patológica perfecta.

Ambos tipos de perfeccionista pueden llegar a ser extremos, en cuyo caso la neurosis y la frustración serán los rasgos dominantes de una personalidad tirana.

Si aún no se ha identificado como un perfeccionista, respóndase sinceramente esta pregunta: ¿me amo realmente a mí mismo? Si se contesta de inmediato que sí, es que no. Ya se hizo trampa. Medítela, es decir, deje que la verdad surja sola. Se toma su tiempo.

Si la respuesta, cuando la obtenga, es no, o no suficientemente, es que se está exigiendo algo, se condiciona a sí mismo, con una voz interior que dice: “Solo podré amarme a mí mismo cuando sea perfecto”.

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