La Presidencia en México era hereditaria. Carlos Salinas de Gortari, el último gran elector, impuso a Luis Donaldo Colosio, cuyo asesinato, en el aciago 1994, forzó la postulación, también a dedo, de Ernesto Zedillo. El fin del presidencialismo imperial lo marcó la ruptura de Zedillo con su predecesor. Salinas se exilió en Irlanda, Reino Unido y Cuba tras el encarcelamiento de su hermano Raúl por enriquecimiento ilícito y el homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, cuñado de ambos. Sin embargo, la justicia siempre estuvo en favor del clan (como en Coahuila). Raúl recuperó 130 millones de dólares congelados en Suiza bajo sospecha de corrupción.
Luis Echeverría “democratizó” en 1975, cuando el secretario de Recursos Hidráulicos, Leandro Rovirosa, le quitó la capucha a media docena de precandidatos: Mario Moya Palencia (Gobernación), Hugo Cervantes del Río (Presidencia), José López Portillo (Hacienda), Porfirio Muñoz Ledo (Trabajo), Carlos Gálvez Betancourt (IMSS) y Augusto Gómez Villanueva (Reforma Agraria). “La caballada está flaca”, vociferó el Gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa. El embuste funcionó, pero el dedo presidencial apuntó a López Portillo y no a Moya, favorito de la clase política, con quien, seguramente, al país no le habría ido tan mal.
Miguel de la Madrid recurrió en 1987 a otra farsa. Inventó una pasarela para desviar la atención de su favorito Carlos Salinas de Gortari, secretario de Programación. Manuel Bartlett (Gobernación), Alfredo del Mazo (Energía), Ramón Aguirre (DDF) y Sergio García Ramírez (PGR) actuaron de comparsa. El dedazo por Salinas fracturó al PRI y puso en riesgo la elección, pero el control sobre el conteo de votos impidió el triunfo de la disidencia, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, del Frente Democrático Nacional.
En las tres siguientes sucesiones, los presidentes no pudieron nombrar candidato siquiera. Francisco Labastida surgió de una consulta interna en el PRI en la cual derrotó a Manuel Bartlett, Roberto Madrazo y Humberto Roque Villanueva, amigo de Zedillo. El favorito de Vicente Fox era Santiago Creel y no Felipe Calderón; y el de Calderón, Ernesto Cordero, y no Josefina Vázquez Mota. En un intento desesperado por retener el poder tras la gestión de Peña Nieto, venal y desastrosa, el PRI se decantó por un perfil “ciudadano”: José Antonio Meade, apadrinado por el secretario de Hacienda, Luis Videgaray.
Dueño indiscutible de la agenda política, el presidente López Obrador no utilizó a uno de sus “cardenales” para abrir el juego sucesorio, como lo hizo Echeverría con el tabasqueño Rovirosa; ni al presidente de Morena (como De la Madrid, en el caso del PRI) para destapar sus cartas: tres hombres y tres mujeres. Pero más allá de la paridad de género, importan las trayectorias y apellidos de los principales aspirantes: Marcelo Ebrard —perseguido de Peña Nieto supuestamente por haberle filtrado a Carmen Aristegui información sobre la casa blanca— era el tándem de Manuel Camacho, sacrificado por Salinas en la sucesión de 1994. José Ramón de la Fuente, rector de la UNAM y secretario de Salud con Zedillo, sin militar en el PRI, fue barajado como candidato de la izquierda en 2018.
Claudia Sheinbaum es física, lo mismo que la primera ministra alemana Angela Merkel, y junto con Ebrard perteneció al Gabinete de AMLO en el Gobierno de Ciudad de México, ahora a su cargo. También formó parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, ganador del Nobel de la Paz 2007, compartido con el vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore. Tatiana Clouthier, secretaria de Economía, es hija de Manuel Clouthier, candidato presidencial del PAN en 1988. Tatiana fue llevada al Gabinete para salvarla de la derrota de Morena en Nuevo León. AMLO hace política con jiribilla.
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