Arte

Publicado el lunes, 20 de septiembre del 2021 a las 04:17
Arteaga.- Para el director de cine Alejandro Springall hay una conexión del ahora con el pasado que no es necesariamente buena: “el regreso de un fascismo y una xenofobia” que dominó el pensamiento social del México de los años 30. Eso desembocó en, por ejemplo, la expulsión de la comunidad china en Sonora, pero también en las visiones nacionalistas heredadas del porfirismo y, claro, un racismo acendrado “y muy complejo, pues en ese tiempo Sonora se volvió una especie de laboratorio de las ideas del nacionalsocialismo”.
Todos esos pensamientos, actitudes y formas de pensar confluyeron en la sierra del Pinacate y el Gran Desierto de Altar, como recogió el escritor Guillermo Munro Palacio en su libro La Ruta de los Caídos, el cual fue la inspiración de Springall para filmar Sonora, película que presentó ayer en la Feria Internacional del Libro de Coahuila, acompañado por el escritor Julián Herbert y el también cineasta José Luis Elizalde.
En esta película, el también productor, cuenta la historia de un grupo de personas que deben cruzar El Camino del Diablo hacinados en un pequeño coche –referencia directa a La Diligencia, de John Ford–. Esto, también, como una metáfora del mundo reducido a un pequeño espacio, “un microcosmos de lo que representa el norte del país, en esa época. Era juntar en ese carrito todo lo que era México, pero con un interés muy grande en hablar del racismo y de la xenofobia, porque al principio todos ven las diferencias del otro, rodeados de una paranoia y una desconfianza en la que, casi casi, en medio de un desierto despiadado, tu vecino es el más peligroso de la naturaleza”.
A pesar de ello y a través de una serie de aventuras estos personajes “van cayendo en cuenta de que no son tan diferentes, entonces solamente los que de verdad tienen la conciencia de que la supervivencia se puede dar en colectividad, sobreviven”, apuntó el productor de Frida, a Zócalo en entrevista.
Por ello, Sonora se siente como un filme tan optimista, pues “son esas muestras de comunidad que podemos hacer de verdad, son nuestro único medio para sobrevivir”.
Así, mientras que la cultura social promueve una separación ideológica, la cercanía con la naturaleza es un camino para el respeto, apunta Springall, y la metáfora viva de esta idea es el personaje de Emeterio (Joaquín Cossío), un nativo de Sonora quien se encuentra en el punto más bajo de su vida siendo un alcohólico desempleado, pero conforme inicia su travesía hacia el corazón del desierto recupera su dignidad ante todos sus acompañantes, o sea, el mundo.
Esa tensión entre los personajes no funcionaría de la misma forma en un entorno ajeno al desierto: un páramo que los acosa día y noche, en el que el sol abrasador y la noche congelante los unen más que otra cosa. Una emoción del hombre no contra, pero sí frente, a la naturaleza y su magnitud: un wéstern en el más puro sentido de la palabra.
Para Springall, concibió la idea de esta película disponible en Netflix al visitar el desierto, las historias del viejo oeste tienen algo de limítrofe, pues “es el género de las fronteras y las grandes lejanías, pero siempre con la idea de ir a civilizar los mundos salvajes, pero aquí intenté hacerlo al revés porque el filme dice que intenten de dejar de dominar al desierto, a esa naturaleza. Entonces Sonora es un western pero con un poco de antiwestern”, concluyó el director de Santitos.
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