En la Canacintra se cumplió el refrán según el cual «donde menos se piensa, salta la liebre». La elección (impugnada) del presidente de ese organismo espabiló no solo al sector industrial de Saltillo y Ramos Arizpe, sino también a las esferas políticas. El sopor, propio de sociedades donde nunca pasa nada hasta que pasa, es, en términos médicos, «modorra morbosa persistente». El discurso oficial presenta una ciudad y un estado idílicos. En México no existen municipios o entidades ideales ni lo serán jamás. Siempre habrá problemas… y baches que, en el caso de la capital, el alcalde José María Fraustro empezó a tapar desde el inicio de su Gobierno, cuando todavía hace unos días las calles de Saltillo se presumían cual mesas de billar.
Las autoridades hacen de tripas corazón, pero el «moreirazo» no da tregua. El diputado panista Rodolfo Walss tampoco, y asegura que el cambio de placas en Coahuila se anticipó dos años para abonar 3,500 millones de pesos a la deuda, solo de intereses. El resto de la oposición vive en un letargo eterno. Atenido al 67% de aprobación ciudadana del presidente Andrés Manuel López Obrador (El Financiero, 02.22), Morena se echó en la hamaca. El sacudimiento no ha venido de colectivos femeniles o de la Coalición Magisterial, cuyas protestas recientes pusieron en vilo a los políticos, mucho menos de los partidos, sino del organismo empresarial más codiciado por ser el corredor Saltillo-Ramos Arizpe uno de los principales polos industriales de la República.
El conflicto escalará, pues no solo se trata de dirimir una elección fradulenta para imponer a un peón, sino de determinar el papel futuro de la Canacinta frente a sí misma y de cara a los poderes políticos. De haber sido en otro tiempo contrapeso, los sindicatos patronales devinieron membretes acríticos y comparsas del Gobierno. Sirven para legitimar comicios dudosos y decisiones cupulares. No de balde pesan cada vez menos y representan tan poco. Magonear una cámara abre la puerta a cargos públicos, contratos y privilegios vedados a la mayoría de los socios.
Es oprobioso que «la cámara más importante de toda América Latina», como presume en su página web, apadrine parodias democráticas y recurra a mapaches para arrebatar triunfos. Enoch Castellanos, presidente de la Canacintra, lo mismo que Gustavo de Hoyos (Coparmex) y otros voceros del sector privado, tiene aspiraciones políticas. Sin embargo, están en las antípodas de Manuel J. Clouthier, cuyo carisma, liderazgo y congruencia lo convirtieron en una de las figuras claves de la transición mexicana junto con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Lavarse las manos convierte a Castellanos en cómplice de la mascarada.
La elección tiene que anularse y pasar a los órganos internos para investigar el cúmulo de marrullerías y sancionar a los responsables de acuerdo con el estatuto. El presidente impugnado debe acreditar su actividad empresarial y sus derechos para ocupar el cargo, pero lo mejor sería que renunciara. Si Enoch Castellanos persiste en mirar para otro lado y el acusado de espurio se aferra a la silla, su contrincante y quienes lo apoyan tienen la obligación moral de cumplir su palabra y formar un nuevo organismo. Nuevo León puso el ejemplo hace 44 años: los industriales formaron su propia cámara (Caintra) y se quitaron de problemas. Así están mejor. Pero si la disidencia si pacta o negocia posiciones, perderá toda autoridad.
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