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Liliana

Por Columnista Invitado

Hace 4 años

Por: Alma Delia Murillo

@AlmaDeliaMC

Liliana, su nombre es Liliana. Liliana Rivera Garza. A menudo pienso en ella porque, aunque no la conocí, el relato que de ella hace su hermana Cristina me hizo sentir que la veía, que escuchaba esa voz, esa risa, que reconocía esa caligrafía curiosa en sus múltiples cartas, que me hubiera gustado ser su amiga.     Escribir es elegir un punto de vista. Escribir es narrar desde un lugar donde miramos. Hace milenios que el mundo ha sido relatado desde un único punto de vista: centralizado, monolítico, marcial, patriarcal, a imagen y semejanza de quienes se adueñaron de la literatura.

¿Qué vemos cuando vemos? contiene otra pregunta: ¿qué dejamos de mirar? Hace poco conversaba con una amiga periodista sobre los feminicidios y cómo nuestra mirada ha sido entrenada para ver y para no ver.

¿Por qué un hombre puede asesinar a su esposa a plena luz del día en un restaurante en la Ciudad de México? ¿Por qué otro puede asesinar mujeres durante 30 años en la misma casa en la que vive tranquilo, sin necesidad de plantearse la huida ni por un segundo?

¿Cómo ocurre todo eso frente a una sociedad, un barrio, unos vecinos, unos comensales, un personal de seguridad de un restaurante, de un hotel… y no lo vemos?

Qué elegimos ver y la mutilación de qué proceso cognitivo nos hunde en la ceguera que nos hace dejar de ver la otra parte, es una pregunta que no dejo de plantearme.

¿Por qué la literatura, el cine, la prensa, la televisión han elegido contar relatos “fascinantes” y “cautivantes” de asesinos a los que se les atribuye “un arte” y no han elegido contar relatos fascinantes, cautivantes y arrebatadores de las vidas de las mujeres que fueron asesinadas?

Para mí la respuesta es simple: porque la narración representa a quien relata, y este mundo –por mucho y con ventaja ancestral– lo han narrado los hombres.

Veo la efervescente vitalidad de esa chica a la que Cristina Rivera Garza nos presentó en El Invencible Verano de Liliana, y me doy cuenta de que estoy reaprendiendo a mirar. Estos son algunos fragmentos que Liliana escribió de sí misma y del mundo que habitaba:

“Estudiante (ja ja ja) del 4º semestre de la prepa.

“¿La conoces? ¿No? ¡Ah! Pues le fascina reírse con sus amigos, y le gusta hacerlos sentir bien (aunque a veces meta la pata).

“Delgada. Cabello lacio. Nada afecta al cuidado de su gentil personita.

“Honesta. Payasa (del circo Atayde Hermanos).

“Sueños de ser marinero, y andar por todo el mundo, de atreverse a aprender muchas cosas, de ser aceptada, querida.

“¿No das con ella? Pues no le gusta la leche caliente.

“Soñó un tiempo con ser guitarrista, otro con ser pintora, y la mayor parte de sus 16 años soñó con ser nadadora.

“Se enamoró a los 16, tal parece que fue en abril o mayo del 86 (no importa de quién).

“Nunca se le olvidará que fue su primer amor”.

Nos queremos vivas.

¿Alcanzamos a entender lo que entraña esa frase? ¿Ese deseo? ¿Que tengamos que afirmar ese derecho elemental?

Sigue Liliana en esta carta que le escribió a una amiga:

“Se me ocurrió escribirte, porque estaba viendo unas fotos de hace como dos siglos, estábamos muy chiquitas, quiero decir, más chiquitas (…)

“Hemos crecido, y eso me tiene maravillada. ¿Tú sentiste cómo creciste? A excepción de eso de la regla y el desarrollo de mi inocente cuerpecito de los 6, 7, o 13 años, yo no tengo otra prueba de los cambios que he sufrido. ¡Carajo!

“Cuándo vienes, ¿eh?

“¿Has cambiado, Lety? ¿Piensas de otra manera? Dirás que estoy traumada con eso de los cambios, pero como que me estoy dando cuenta de cosas”.

Me pregunto en qué se habría convertido Liliana, si en guitarrista o en pintora, si habría cruzado los océanos con alma de capitana de barco o de nadadora a mar abierto. Liliana y su cuerpo de 6 o 13 años.

Su cuerpo de 20 años cuando le quitaron la vida. Ella, Liliana y sus preguntas, su asombro ante el cambio, su darse cuenta de que ya no era chiquita, sus ganas de atreverse a aprender.

Nos queremos vivas. Vivas y con libertad. Vivas y con derechos.

Vivas para elegir cómo queremos vivir la vida pero también cómo queremos contarla.

Y si Liliana hoy no está aquí, como tantas otras mujeres víctimas de feminicidio, queremos recordarla por las infinitas, preciosas posibilidades que tuvo su vida. Y que debería seguir teniendo. Liliana. Liliana y su invencible verano.

 

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