Arte

Publicado el martes, 26 de julio del 2022 a las 05:12
Ciudad de México.- Más allá de los ánimos literarios, Miguel Ventura estima que Antonio Alatorre escribió Los 1001 años de la lengua española por un motivo muy práctico: conseguir dinero para comprarle a Margit Frenk la mitad de la casa que habían construido en Espigones 13, en Las Águilas.
“ Para Antonio era muy importante la casa porque él había vivido ahí ‘toda su vida’, y ni con grúa lo iba a sacar de ahí. Para él era como un eslabón entre su vida pasada y la nueva”, considera Ventura, quien al llegar a vivir ahí con el filólogo se dedicó a restaurarla y embellecerla. “Arreglar una casa es arreglar las heridas”.
Así, el espacio donde crecieran los tres hijos de Frenk y Alatorre se convirtió en el hogar del filólogo y el artista plástico; el espacio del que partían de viaje para conocer templos y conventos por el País; a donde regresaban para continuar cada quien con su arte.
Ahí, directa o indirectamente, la presencia de Alatorre y sus conocimientos terminarían por influenciar el quehacer artístico de Ventura. En ocasiones con colaboraciones muy puntuales, como cuando el artista encargó a su pareja escribir textos pornográficos que incluyó en unos dibujos para su primera exposición en México, realizada en el Museo de Arte Moderno (MAM), en 1979.

“ Y me hablan un día del MAM: ‘Es que tiene que venir, hay que quitar 14 cuadros o quitamos todo'”, comparte sobre la censura de su obra en dicho recinto, donde, por cierto, trabajaba la exsuegra de Alatorre, Mariana Frenk.
“ Esa fue una participación muy directa de Antonio como escritor en mi obra, una colaboración. Y mira cómo terminó”, dice Ventura, antes de soltar una carcajada, en la sala de su casa en Tlalpan, rodeado de los Cristos, Vírgenes, arcángeles, santos y mártires de todo tipo presentes en las piezas de arte sacro que tapizan cada rincón.
Copiosa colección que inició después de la muerte de Alatorre, quien “era muy alérgico a adquirir cosas”, además de bastante ateo. “Así como le podía decir a cualquiera que era ateo, le costaba decirle a la gente que era gay”, indica el artista.
“ Pero sí, ateo, y eso que venía de una familia muy religiosa. Dos hermanas monjas, dos tías monjas”, agrega. El propio Alatorre fue llevado, a sus 12 años, al seminario religioso en Tlalpan durante el Cardenismo; serían años muy formativos, pues ahí aprendería griego, latín y hasta a tocar el piano.
Lo cual hacía constantemente en casa. La misma que Ventura se apresuró a dejar a la muerte de su compañero en 2010, pues ya estaba a nombre de los tres hijos del filólogo.
“Cuando muere Antonio, lo primero que pensé fue: ‘Yo me tengo que salir de aquí’. Son demasiados fantasmas. Aunque yo la arreglé, nunca la sentí mía”.
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