Considero que la política es un noble oficio. Soy simpatizante de quienes se hacen llamar políticos y, por el contrario, desconfío de quienes prefieren llamarse ciudadanos empoderados o utilizan conceptos similares para hacer más rebuscado el lenguaje público con el objetivo de no llamar a las cosas por su nombre.
En las charlas populares encontraremos que cuando se habla de política, hay alguna persona que comenta la tradicional frase de que los políticos nunca cumplen lo que prometen. Y bien, en la gran parte de los casos cabe la posibilidad de que sea verdad. Desafortunadamente, trabajar en el gobierno o ser representante popular se convirtió en sinónimo de corrupción, flojera y nepotismo.
Hay personas que le hicieron mucho daño a la política por hipócritas, acomodados o corruptos, entre otras cosas. Hoy quiero mencionarle tres politiquitos locales que hicieron su carrera vendiendo humo: Marcelo Torres Coufiño, Esther Quintana y Guillermo Anaya.
Y es que hasta hace relativamente pocos años, antes de la creación de Morena, el único partido opositor relevante en Coahuila era el PAN. Los personajes mencionados crecieron en la vida pública porque eran los perfiles que tenían posibilidades de debilitar al PRI dado que en su discurso, básicamente, además de los temas alrededor del conservadurismo, se enfocaron en intentar posicionar una narrativa anti Moreira.
¿Les sorprendió su respaldo a Manolo Jiménez? A mí no. En lo absoluto. Y es que los tres detestables personajes mencionados fueron diputados federales en la legislación que aprobó todas las reformas estructurales del Pacto por México. No movieron ni una coma a esos proyectos legislativos que no beneficiaron en nada a nuestro país.
Emilio Lozoya Austin mencionó en su juicio que el Grupo Parlamentario del PAN pidió en un principio 50 millones de dólares para aprobar la Reforma Energética. Los sobornos fueron entregados en maletas dentro del recinto parlamentario, los sinvergüenzas ni se esforzaron en citarse en sus casas de campo. En un medio de comunicación se atrevieron a defenderlos diciendo que quizá era la nómina.
Supongamos que son personas honestas, ¿Por qué no renunciaron a su partido cuando los videos de los sobornos salieron a la luz pública? O bien, ahora que sabemos que la fortuna de Genaro García Luna asciende a los 745 millones de dólares, ¿por qué no se han posicionado contra sus colegas narcotraficantes?
Que molesto que tengan intenciones de seguir construyendo su carrera política con una bandera de moral y honestidad, cuando más bien tienen la misma utilidad que buena parte de la mal llamada sociedad civil y solo sirven para legitimar gobiernos corruptos. La alianza no significa que votar por Manolo sea votar también por señoras dizque íntegras como Esther Quintana, sino que ya todos y todas están al mismo nivel que Humberto Moreira. En resumen: azul y rojo son la misma basura.
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