El tendero y yo escuchamos la respiración que salía por los viejos altavoces de la tienda. El disco giraba debajo de la aguja que crepitaba como una vela a punto de apagarse.
Es extraño, comenté. Tengo la sensación del silencio que sucede a una audición exhaustiva de alguna sinfonía.
Lo mismo pensé yo, hasta que escuché uno con carátula.
¿Quieres decir que no todos los vinilos están en blanco y con este resplandor?, pregunté con creciente asombro.
Fue entonces cuando del baúl sacó alguna treintena discos. Me extendió sus manos, ofreciéndomelos con reverencia. Yo los tomé y comencé a revisarlos. Todo era de Gustav Mahler. Versiones que no tenía y algunas que no conocía. Ahí estaban todas las grabaciones que Leonard Bernstein grabara en 1960. Las portadas estaban ahí, claras y los acetatos impolutos. También Bernard Haitink estaba con su grabación de 1971 de la octava sinfonía del mismo Mahler, interpretada por la Concertgebouw. Rafael Kubelik y la primera y sexta sinfonía, la primera de 1967 y la sexta de 1968.
También está Solti con la cuarta sinfonía donde cantara Kiri Te Kanawa. Son todas joyas.
Sí, puedo darme cuenta. ¿Puedo llevarme la sexta con Klaus Tennstedt?, pregunté con vergüenza.
Llévatelos todos, son tuyos. No me preguntes cómo, pero entre algunos discos encontré esta nota. Parece vieja, pero… Lee. Y me extendió la mano entregándome un papel amarillento.
“Para el chico del lunar que conoces bien…”.
La nota me dejó helado. Cómo es que una nota tan aparentemente vieja estaba dirigida a mí. Debía haber un error, una confusión. El tendero me explicó que su hallazgo también lo sorprendió, pero estoico como ha sido siempre, no dudó en darme todo sin preguntarse más.
Dice tu nombre también, así que no dudo que alguien quiso dejártelos por alguna razón. Una mujer, al parecer. La firma, la letra. Siento un perfume que impregna la nota. Las olí y de pronto una nostalgia me invadió. Me despedí del viejo y antes de salir, con la mente revuelta, me dijo:
Oye, escucha todo lo que quieras, pero debes saber que una vez que tocas el disco, su contenido se borra. No lo volverás a escuchar.
Aquí te guardaré el baúl entero.
No supe qué decir, salí de prisa de la tienda y caminando entre la nocheNhúmeda, dirigí mis pasos hasta mi departamento, con el corazón palpitante, los discos entre el pecho y un leve aroma que ascendía hasta mi nariz.
El perfume de la nota.
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