“Las personas con la herida de injusticia son muy rígidas, hacen todo a partir de procesos, instrucciones, visiones cuadradas, posiciones polarizadas, lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto; suelen estar en los extremos y les cuesta mucho adaptarse, ser flexibles y espontáneos…”.
Anamar Orihuela
En la infancia, el sentimiento de injusticia nace de un estado de indefensión, o donde la persona se sintió vulnerable ante una autoridad, padre autoritario/abusivo o una realidad injusta. Toda experiencia de impotencia, crea un dolor de injusticia que acompaña a la larga.
La injusticia suele darse en las posiciones padre- niño, jefe-empleado, gobierno- ciudadano… Cuando la autoridad violenta, hay un estado de subordinación. Ese dolor que marca, hace que la autoridad se tergiverse, y a la larga la persona busque convertirse en una autoridad abusiva consigo y con los demás.
Un niño necesita reconocimiento. Si no se le da, se siente ignorado o rechazado.
Cuando el niño se vive desde esta herida, siente un ataque a través de castigos, acusaciones, insultos, gritos, trato desigual… y lo percibe cómo que es castigado por quien es.
¿Cómo se manifiesta la herida de injusticia?
La herida emocional de la injusticia se origina cuando los progenitores son fríos y rígidos, imponiendo una educación autoritaria y poco respetuosa hacia los niños
La exigencia constante generará en ellos sentimientos de ineficacia, inutilidad… y la sensación de injusticia. Está bien exigir, pero en una justa medida.
¿Cómo se refleja esta herida? Cuando en la persona…
Las emociones base son la ira, la rabia o el enfado.
Cuando ante las diferencias, la persona siente una fuerte necesidad de contraatacar, de defenderse, de luchar…
Le gusta la competencia y se compara constantemente.
Se autoexige.
Vive en el deber. No sabe disfrutar lo que hace
Critica a los demás y se vive desde esa rigidez.
La forma de sanar la herida de injusticia es trabajando la rigidez menta.
Cultivando la flexibilidad, la tolerancia y la confianza en los demás.
Haciendo actividades que le generen disfrute.
Dándose permiso de equivocarse.
Realizar cosas sin planear, buscando ser espontáneo.
Hacer de la injusticia una forma de cambio sin pelea.
Aprendiendo a respetar los otros puntos de vista, aprendiendo a respetar los puntos de cada uno.
Bailando, cantando, tocando un instrumento, cultivando el arte.
Buscando un equilibrio en el deber y el querer.
Ser niño es poseer la libertad de ser, de aprender, de jugar, de explorar, de ensuciarse, de ser tú mismo, de divertirte, de equivocarte, de experimentar, de reír y de disfrutar… Ser niño es una etapa en la que se aprende a disfrutar de la vida.
Después vendrán procesos de madurez, donde se adoptarán actitudes y responsabilidades, pero la memoria de una infancia feliz, permite ir hacia allá cuando queremos ser libres. Tú puedes integrar a tu yo vulnerable o a tu personalidad herida, esas necesidades afectivas. Date permiso de disfrutar la vida, de soltarte a la experiencia, de fluir. Date permiso de hacerlo distinto, porque no todo es aleccionar, no todo es ganar, no todo es negro o blanco.
“Tengo el permiso de mi padre, de mi madre, de mis abuelos, de mis ancestros, de amar y ser amado, sin violencia. Tengo el permiso de sentirme impulsado, sostenido y acompañado y dar en libertad. Tengo el permiso de liberarme por completo de mi vieja manera de ser”.
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