Arte

Publicado el jueves, 27 de julio del 2023 a las 04:01
Saltillo, Coah.- En 2012, cuando tenía 24 años, Gisela Leal se convirtió en un fenómeno literario con la publicación de El Club de los Abandonados, su primera novela fichada por Alfaguara. Ahora, la autora regiomontana vuelve con una inmensa novela en la que ha vertido todas sus obsesiones e intereses, sus filias y sus fobias, sus miedos y valentías traspasados a personajes que se mueven en Lo Soledad, una hacienda que pareciera contener un universo entero.
En La Soledad en Tres Actos (Alfaguara, 2023) el lector asiste a un montaje casi escénico en el que los personajes deambulan por su mundo interior, ensimismados y preocupados igual por temas como la infancia herida y las familias rotas, como por el ecocidio y la Inteligencia Artificial. Pues en esta novela inmensa, deudora de la tradición latinoamericana de la novela total, todo tiene cabida desde la creación de un mundo hasta la destrucción del mismo, pues como escribió la autora “el fin del mundo ha ocurrido un sinnúmero de veces; el fin del mundo está sucediendo todo el tiempo, en la vida de muchos está ocurriendo en este preciso momento”.
Al leer La Soledad en Tres Actos, uno descubre un microcosmos encerrado en sus páginas: La Soledad, la hacienda en la que sucede la historia que la une a la tradición de universos creados como Comala, de Juan Rulfo; Yoknapatawpha, de William Faulkner, Santa María de Juan Carlos Onetti, y claro Macondo de Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez. Gisela, ¿para ti cómo fue la creación de este espacio que contiene todo un universo?
Precisamente esa era la intención: crear un universo que contiene todos los temas que, al menos a mí, me importan; un lugar lejano que podría resultar sumamente cercano, por lo mismo de que representa muchas de esas inquietudes y situaciones que vivimos día a día a nuestro alrededor. Es la primera vez que exploro este tipo de lugares; anteriormente, todas mis historias sucedían en un espacio y un tiempo que dependían de su historia y de sus referencias. Contar con esta libertad para crear es como si te dieran un lienzo en blanco, y te da la oportunidad de que hagas con ese mundo lo que quieras. Lo que sí me resultó retador fue el mantener mi distancia respecto a las referencias culturales y sociales, cosa que siempre he disfrutado de utilizar.
Los personajes, al tener un terreno más bien limitado en el sentido espacial, ahondan de forma completa en su interior, ayudados por la voz del Narrador que los disecciona para el lector. En ese sentido, ¿fue un proceso difícil el dotar de tantas voces a estos seres: Antonia, Teresa, Dionisio y la misma La Soledad?
La voz del Narrador me resulta de gran apoyo para ir desgranando la vida de los personajes y así saber lo que sucede dentro y fuera de ellos. Una vez que este… llamémoslo guía, tiene claro lo que sucede en el microcosmos de La Soledad, entonces para mí también resulta más fácil el proceso narrativo; hay muchos personajes, sí, pero todos estos también son vistos y descritos a partir de la visión del Narrador, y esto me da la oportunidad de que, por un lado, cada personaje viva según su personalidad, forma y fondo, y, por el otro, de que estas diversas formas y fondos sean concatenados a partir de la visión del Narrador.
Otra de las cosas que saltan a la vista en la lectura es el Narrador como una voz comunitaria. Su punto de vista permite que él mismo y los lectores observen la historia –creo que de ahí la necesidad de ser tan detallado–, lo cual contrasta con el tema de la novela: la soledad y el amor. Para ti, Gisela, ¿cuál es la función de la literatura en ese sentido?, ¿hay alguna idea de comunidad en las letras o la literatura debería de centrarse sólo en sí misma, debería de ser, como dijo el crítico literario George Steiner, una herramienta moral?
Para mí, la literatura es una herramienta sumamente potente para la transformación personal y social; puede ser, incluso, un arma política. Y esta puede ser –como todo– tanto para bien como para mal. También puede simplemente dar igual, entretener y nada más. Y no hay nada de malo en eso, pero partir del mero entretenimiento, al menos a mí, no me mueve en lo absoluto. Contamos historias para entendernos, explorarnos, descubrirnos. También contamos historias para señalar aquello que vemos y creemos que es importante que sea enmarcado, notado; para sacar las frustraciones y los miedos que vamos cargando, muchos que son colectivos y que, siendo sumamente positivos, creemos que, al darles una voz, al materializarlas en una historia, tal vez, solo tal vez, genere un poco más de consciencia en nosotros y en los otros, como personas y como sociedad. Sé que para muchos escritores la literatura por la literatura es una razón suficiente para su creación; para mí, esta resulta vacía si no cumple una función moral.
Hay también, en el Narrador, una voz que se permite entrar en la historia y salir de ella, no solo cuenta sino que se permite la duda, el juicio, la acción sobre los personajes, en ese sentido me recordó un poco al trabajo de Juan Carlos Onetti y sus personajes que, pareciera, están al tanto de que son ficción. En este libro, ¿cómo llevas la idea de la metanarrativa?, ¿sientes que la realidad y la ficción confluyen en algún punto o son siempre planos de realidad separados?
En el caso de esta novela, la realidad y la ficción todo el tiempo están conviviendo; todo el tiempo hay una plena consciencia de que, por un lado, este mundo es una invención, sí, pero que, por el otro, esta invención está total y completamente basada en hechos reales. Es un mundo, digamos, creado a imagen y semejanza de nuestra realidad. Por otra parte, ¿qué es la realidad? Si intentáramos ahondar en esa cuestión, ciertamente no lograríamos llegar a una respuesta concreta, pero es algo que todo el tiempo me estoy cuestionando. Un billete, por ejemplo. ¿Cómo es que un papel tiene el poder y el significado que tiene en nuestra sociedad y en nuestra sique? Cientos de años de organización colectiva han convertido a un vil papel en algo sumamente importante, y que es capaz de mover a sociedades enteras a hacer cosas impensables, incluso a matar. Sin embargo, todo este significado vive únicamente en la consciencia colectiva. ¿Ya por eso es realidad? ¿Quién crea esta realidad? En conclusión, te diría que para mí no hay realidad sin ficción.
De cierta forma, creo que hay también un interés actual en ese tema. Novelas como Cerca del Final, de Emiliano Monge o Stella Maris de Cormac McCarthy abordan cuestiones parecidas por medio de sus personajes-narradores, pero también a partir de las ciencias, ya sea la física, la química e incluso la psicología.
¿Para ti las realidades cuantificables de la ciencia han comenzado también a ser móviles, crees que se acercan a los terrenos de la ficción?, ¿por qué crees que podría ser un tema de interés actual?
Es un tema de interés actual porque es lo que actualmente está rigiendo nuestro mundo, nuestras vidas. Vivimos en un mundo dominado por la ciencia; durante muchísimos años fue dominado por la religión, y casi toda obra de arte partía de ahí. Hoy es la ciencia y el hombre y todo lo que este puede hacer a partir de sus capacidades. No digo que sea correcto o incorrecto, sino simplemente lo que es. Al menos para mí, una de las funciones más esenciales de la creación es la de conectar, con uno mismo y con los demás para, a partir de eso, sentirnos menos solos en nuestro camino. Me cuesta trabajo la idea de concebir una obra que sea ajena al entorno en el que vive, que no esté de alguna manera influenciada por él. Por eso creo que, siendo la ciencia la religión de nuestros tiempos, esta está tan presente los mundos literarios también.
Lo primero que salta al ver La Soledad en Tres Actos es su tamaño no sólo físico, sino también estilístico.
Al iniciar con una escena política pero también la novela del cacique, se puede entablar un puente con la tradición latinoamericana de novela, si bien no de dictador, sí política. ¿Cómo te ves en ese páramo, sobre todo, en un tiempo en el que la literatura del continente navega por otros derroteros, que también aparecen entre estas páginas?
Creo que todas las historias que construyen el mundo en el que vivimos nacen dentro de una casa, una casa que existe en contextos, lugares y tiempos determinados; todo evento que define a nuestra sociedad sucede desde un microcosmos y, sólo entonces, sale al mundo y se permea en la sociedad y en los demás. Lo político, lo social, lo externo, afecta nuestras vidas y nos afecta mucho; sin embargo, al menos para mí, es un ruido que siempre está presente en el fondo, no en el primer plano; el primer plano, pase lo que pase, siempre lo tendrá lo personal, lo íntimo, lo que sucede cuando se cruza la puerta de la casa.
Vivimos en constante simbiosis entre lo que nos ocurre como individuos y lo que nos sucede como seres constituyentes de una sociedad.
En un momento como el actual, en el que las posturas políticas e ideológicas están tan marcadas, al menos en el ámbito de las redes sociales, ¿crees que eso afecte en la comunicación, éstas nos han convertido en seres más solitarios?
Creo que la polarización en la que vivimos -una que parece alcanzar notas más altas cada vez-, ha generado una separación aún más grande entre nosotros como sociedad. Lo más grave de esto es que una entidad tan importante para el ser humano como lo es la figura de la comunidad, a raíz de esto se ha ido diluyendo a tal grado que ya ni siquiera sabemos lo que esto -comunidad- es realmente. El sentido de comunidad es algo potentísimo para el ser humano por muchas razones, y es algo que me parece que ya no tenemos. Me causa gracia porque cuando las redes sociales comenzaron, estas se ligaban al concepto de comunidad, de una ‘comunidad global’. Community Manager, como le llaman a quienes ahora se encargan de dirigir las redes sociales de alguna marca, cuando precisamente a partir del dominio de las redes es que las comunidades reales terminaron por desquebrajarse.
Por supuesto que estar cerrado a las ideas del otro sólo porque son distintas a las nuestras afecta dramáticamente la comunicación, por el simple hecho de que tanto uno como otro está perdiendo información valiosísima que seguramente desconoce, porque no es que El Otro sea un demente absurdo e ignorante y por eso piensa lo que piensa; siempre hay un punto que resulta interesante observar en por qué este Otro piensa lo que piensa, algo que, si nos diéramos la oportunidad de escuchar y entender, seguramente nos haría mucho más ricos, menos estúpidos. Pero desgraciadamente nos cuesta mucho trabajo dar ese paso, abrirle la puerta a lo desconocido y darle la oportunidad de presentársenos. Y precisamente este es un punto que se intenta abordar a lo largo de la novela, el hecho de que no todo es blanco y negro, buenos y malos, sino que todos somos seres humanos que cargan una variedad de claroscuros, porque en todos y cada uno de nosotros existe esta lucha interna entre el bien y el mal, una que a veces ganamos y otras no, y de la que nadie está exento porque es parte de nuestra condición humana.
Ignoro si hoy estamos más solos que ayer; lo que sí creo es que mientras menos apertura le demos al otro, cada vez seremos más ignorantes y estúpidos, y verdaderamente dudo que eso sea de algún beneficio para nadie.
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