¿Creen ustedes que cada uno de nosotros elige la familia en la que nace? Yo creo que sí. Escogemos a nuestra madre y a nuestro padre por alguna razón que solo un profundo camino de autoconocimiento y espiritualidad nos puede llevar a comprender.
Pero independientemente de si elegimos nuestro núcleo familiar o simplemente nos toca como un premio (o castigo en algunos casos) de la rueda de la fortuna, no tenemos solamente una familia a lo largo de nuestras vidas. Lo sabemos muy bien las personas que, por distintas razones, temporal o permanentemente, voluntariamente o porque no hay otra opción, tomamos la decisión, siempre valiente, de dejar nuestro hogar, el núcleo familiar en el que crecimos, nuestra casa de origen, nuestro país, nuestra tierra para ir a algún otro lugar en el mundo.
Hace pocos días me encontré con una frase muy hermosa del escritor egipcio Naguib Mahfuz que dice: “Tu hogar no es donde naciste, el hogar es donde cesan todos tus intentos de escapar”.
Todas las personas, incluso las más independientes, necesitamos un hogar, un espacio donde sentirnos seguras y seguros. Todas las personas necesitamos una familia, un lugar donde haya personas que, con una simple mirada, una caricia, un gesto o un abrazo, nos hagan sentir que todo va a estar bien, que podemos bajar las defensas y que recibirán nuestro amor incondicional.
Las personas que somos tan atrevidas, e incluso quizás un poquito inconscientes, como para tomar la decisión de poner todos nuestros sueños en una maleta y llevarla con nosotros al otro lado del mundo, sabemos que no se trata de una decisión fácil.
Es una decisión valiente que implica salir de tu zona de confort y lanzarte al vacío sin saber si tu paracaídas se va a abrir por completo. No sabes a qué te vas a enfrentar y eres consciente de que en muchas ocasiones estarás completamente solo. También sabes que siempre deberás mostrarte como una persona fuerte para no preocupar a los demás, aunque por dentro estés completamente rota.
Hace poco hablaba de eso con una amiga muy querida y le comentaba que al final del día, después de una dura jornada de trabajo, todas las personas (o la gran mayoría) regresan a su hogar o tienen a sus familias cerca, pero no en todos los hogares hay una familia que te está esperando. No en todos los hogares están esos brazos que te envuelvan después de haber enfrentado muchos problemas y las necedades de tantas personas que no ven más allá de su pequeña realidad.
Pero, aun así, sabemos que la experiencia vale la pena, y muchas personas construimos nuestro refugio sea como sea. También sabemos que no existe solo una familia en nuestras vidas. A medida que vamos caminando por el mundo, conectamos con personas que, aunque en un primer momento sean desconocidas, poco a poco se van convirtiendo en alguien muy importante para nosotros. Son personas que compartirán una parte, ya sea grande o pequeña, de nuestro camino y que gradualmente se convierten en nuestra familia, aportando calor a nuestro hogar.
Yo tengo esta gran suerte. Tengo a mi lado muchas personas que, por distintas razones, se han convertido poco a poco en mi familia. ¿La clave? Una vez más, es muy sencillo encontrarla: es el amor, incondicional y sincero, que damos y recibimos. Un amor que, pasando por distintas etapas, puede convertir tu casa en hogar y tus relaciones en familia. Y de esto se trata: saber que, en alguna parte del mundo, sea nuestra ciudad de origen o algún otro lugar en el mundo, vayamos a donde sea, siempre estará ese cálido e incondicional apapacho esperándonos. Ese abrazo en el que todos tus intentos de escapar cesan…
Notas Relacionadas
Hace 2 horas
Hace 2 horas
Hace 11 horas
Más sobre esta sección Más en Coahuila