Por: Pedro Isnardo de la Cruz y Juan Carlos Barrón
A 200 años de la Doctrina Monroe .
Es tiempo de nochebuena por todos lados. Es alentador y esperanzador para renovar compromisos de vida, no sólo consigo mismo, hacia el nuevo año.
Aunque para algunos la época prenavideña recuerda nuestra historia.
La semana pasada se cumplieron 200 años del discurso presidencial pronunciado ante el Congreso estadunidense por el presidente Monroe (América para los americanos) en 1823.
La historiadora Marcela Terrazas ha argumentado que dentro de las razones que llevaron a Monroe a este guion retórico -que con el tiempo se consolidó como un boceto de doctrina coherente-, fue el buscar convertir a EUA en una especie de paladín contra el colonialismo europeo y de paso, sellar su política exterior por el liberalismo comercial.
Un actor clave para las raíces de dicha doctrina fue Joel Poinsett, el representante del país vecino en Sudamérica que, a su regreso a Estados Unidos vía México, tuvo un encuentro sorpresivo y desagradable con las autoridades mexicanas, al estar adoptando con Iturbide el cauce de un régimen imperialista y no republicano.
En parte pueden asumirse en esas raíces histórico-políticas, parte de las tensiones en la relación permanente de Estados Unidos de América y México, al adoptar nuestro país un camino diferente respecto a la concepción republicana estadunidense como modelo de democracia y gobierno.
Poinsett tuvo a su vez la misión secreta de explorar los designios expansionistas de Estados Unidos; fue quien ofreció 5 millones de dólares al emperador Iturbide por el estado de Texas, en aquel entonces parte de nuestro territorio mexicano.
Respecto a los mexicanos, Poinsett suscribió para su Gobierno que “era necesario tomar medidas para educarlos y distribuir tierras entre ellos, antes de que se puedan considerar como parte de un pueblo que vive bajo un régimen de libertad”.
El intervencionismo estadunidense como estratagema imperialista desacredita la antorcha de una nación que se ha querido erigir en ejemplo de defensa y protección de las libertades, particularmente en las naciones del Continente Americano.
Desde hace tiempo los acontecimientos mundiales han puesto en un lugar de descrédito la política exterior estadunidense, de lo que por cierto Biden y Trump no parecen darse cuenta.
En los últimos años, el retiro de EU y sus aliados internacionales de Irak y el retorno del Gobierno talibán al poder, la guerra ruso-ucraniana, el conflicto israelí-Hamás-palestino, muestran las ambigüedades e ineficacia creciente de la política exterior estadunidense.
Por un lado, la diplomacia busca seguir recreando sus capacidades de eficacia, como lo demostró el breve ciclo de suspensión de hostilidades que derivó en la liberación de un universo de rehenes israelíes a manos de la organización terrorista Hamás.
Sin embargo, el otro lado de la moneda es gravísimo para la credibilidad actual y futura de la política exterior estadunidense.
En 2016, es posible situar el rompimiento de esa tradición histórica de la Doctrina Monroe con la llegada de Donald Trump a la Presidencia.
Asimismo, la estrategia de hacerle frente a otras potencias europeas en otras latitudes como en América Latina, obviamente ha sido una y otra vez probado que no ha tenido por guion las libertades y el respeto a la soberanía de las naciones.
En el caso de Trump su discurso busca sin duda que EU sea el defensor universal de las libertades, pero su Presidencia dejó constancia del retorno al guion de política exterior aislacionista y proteccionista.
Particularmente, vemos a Biden también con la antorcha de las libertades, pero hace un recuento y explica la importancia que para EUA tiene la guerra ruso-ucraniana, como gran negocio para la potencia mundial que lidera.
Ha tenido que suplicar que no se detenga el apoyo del Congreso estadunidense para garantizar fondos para la guerra ruso-ucraniana, y sobre todo, para respaldar el actual virtual y progresivo genocidio que se genera por la intervención militar israelí en Gaza.
Bienvenidos, pues, a una retórica sobre los valores modelo universales y los guiones de guerra presidencialistas estadunidenses, que muestra la erosión de sus intenciones anticolonialistas y la vacuidad del fuego en su antorcha de las libertades en el mundo.
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