Coahuila
Por María José César
Hace 2 años
“Los problemas y los conflictos forman parte inevitable de la vida y de la convivencia. Lo importante es nuestra actitud al asumirlos”. Vince Lombardi
Las familias son la brújula que nos guía. Son la inspiración para llegar a grandes alturas y nuestro consuelo cuando ocasionalmente fallamos. Y como bien lo decía Brad Henry, poco amor hay tan eterno como el de la familia, pero también es natural que se desarrollen conflictos, ya sea en la infancia o cuando los miembros crecen y se generan nuevos sistemas familiares al llegar las nueras, yernos, nietos, nuevas parejas, y de la misma manera siempre se está en constante evolución y cambios.
La familia es la primera célula esencial de la sociedad humana, donde aprendemos a relacionarnos, a ceder, a observar, a comportarnos. Aprendemos también cómo resolver conflictos, cómo manejar las diferencias y en la mayoría de las ocasiones también a evadirlas. Y esta evasión de conflicto conlleva a una serie de consecuencias que afectan y van corroyendo la mirada de cada miembro. Y con esto me refiero a las distintas miradas de los conflictos.
En coaching aprendemos que cada mirada tiene validez y que cada persona en su unicidad y en su propia historia, es dueña exclusiva de su propia verdad. Pero es básico detenernos ante cualquier circunstancia y analizar las perspectivas…
¿Qué tengo que aprender en esta circunstancia?
¿Cómo ve cada quien las cosas?
Es importante comprender que también la perspectiva de los otros es válida y está bien, aunque esto no quiere decir que la comparta.
Y ante los conflictos, valdría primero analizar el propio comportamiento. Ya sea como padre o como hijo.
Como padre… ¿Qué tan compasivo o empático soy con mis hijos?
Como hijo… ¿Qué tan compasivo o empático soy con mis padres?
¿Qué tanto busco, reprocho, o juzgo?
¿Cómo suelen ser mis gestos en el día a día? ¿De ternura o bondad?
¿De frustraciones por expectativas no cumplidas?
Como padres, hijos o hermanos, hemos de amar y respetar la libertad del otro.
Y tengo que hacer el trabajo personal de sanar las heridas, de integrarlas y de avanzar para transitar mi camino en paz.
Si estoy pasando por ciertos conflictos, ¿De qué manera me manejo o qué recursos tengo para gestionar lo que sucede?
¿Qué puedo hacer desde mí?
1. Tomar conciencia. Reconociendo los diversos puntos de vista de cada quien y experimentando que cada quien tiene su propia verdad sin tomarme las cosas personalmente.
2. Sintiendo el dolor. Experimentando hasta la raíz el sentimiento ya sea negativo o positivo, y buscando canalizarlo de forma sana. Llorando, escribiendo, entregándoselo a Dios, atravesándolo en terapia.
3. Poniéndome en camino para resolverlo. Buscando desmenuzar lo que se habló, se expresó, se buscó, sin atacar. Buscando preguntar sin suponer, y permitiéndote perdonarte y perdonar. Recordando siempre que la familia es un espacio de amor y de diálogo, y que si este no se está dando, he de tomar lo que hay, y yo dejar de esperar lo que quisiera. La familia es un espacio lleno de personas imperfectas, y de vínculos que no siempre son sencillos sostener.
4. Abrazando que las diferencias son parte natural de nuestras relaciones. Como diría Lorde, “No son nuestras diferencias lo que nos divide, sino la incapacidad de aceptar esas diferencias”.
En este momento actual… ¿Qué conflicto me toca atravesar?
¿Qué está pendiente por decirse o por sanarse?
¿Respeto, me alegro o me siento con el derecho de juzgar que mi hermano, mi padre, mi madre, lo hagan diferente a mí?
¿De quién tengo que guardar una distancia sana por mi propia salud?
¿A quién tengo que pedir perdón o perdonar? No necesariamente tener una relación primaria, pero si donde haya un perdón del corazón que te libere.
Mi abuelita Martha tenía una frase muy sabia: “No es cuestión de obligaciones, es cuestión de sentimientos”. ¿Qué me nace a mí hacer? ¿Qué me da paz? ¿Ese deseo de amor, de agradar, de compensar, de hacer? Ese es amor fraterno.
Como bien decía el Papa Francisco, para llevar adelante una familia es necesario usar tres palabras claves: permiso, gracias, perdón. Los conflictos no resueltos traen enojo, tristeza, decepción, vergüenza y exclusión. No temas intentar dialogar, resolver, atravesar en familia. Y también darle el tiempo para que las aguas se calmen. Aprendamos también a estar en conflicto y no querer resolverlo con el agua hirviendo.
“La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”. Gabriel Rolon
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