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Coahuila

Edith Eger y su gran resiliencia

Por María José César

Hace 2 años

“Podemos prestar atención a lo que hemos perdido, o prestar atención a lo que todavía tenemos”. Edith Eger

Edith Eger, nacida en Hungría, era una adolescente cuando padeció el holocausto. Sobrevivió a Auschwitz y huyó a Checoslovaquia para acabar finalmente en Estados Unidos. Allí se doctoró en psicología y conoció a su mentor Viktor Frankl, fundador de la logoterapia.

En sus libros La Bailarina de Auschwitz y En Auschwitz no había Prozac, narra su historia, y nos describe cuáles son las 12 prisiones mentales en las que nos reducimos al vivir un episodio traumático.

Hoy quisiera compartirles algunas de sus frases y aprendizajes, que pueden servirnos para mirar desde otra perspectiva cómo afrontar nuestras propias luchas. Ella decía que sus padres no pudieron elegir cómo terminar su vida, pero que ella podía elegir cómo vivir, trabajar y curarse para liberarse del lastre del pasado. Ella decía que la peor cárcel no es aquella en la cuál los nazis la metieron, la peor fue la que ella construyó para sí misma. “El tiempo no cura. Lo que cura es lo que haces con el tiempo. Curarse es posible cuando asumimos la responsabilidad, cuando decidimos correr riesgos y, por último, cuando decidimos liberarnos de la herida, dejar atrás el pasado o la pena”.

El victimismo, la culpa, el miedo o la vergüenza son algunas de las cárceles mentales en las que nos recluimos tras un episodio traumático.

Te comparto algunas de sus lecciones de empoderamiento que nos comparte en sus escritos, para vivir en libertad y disfrutar de cada día como si fuera un regalo.

 

1. El victimismo es el rigor mortis de la mente. En cada crisis hay una transición. Las tragedias suceden y nos duelen en el alma. Y estas experiencias desoladoras también brindan la oportunidad de reagruparse y decidir qué queremos para nuestra vida. Cuando decidimos responder a lo que ha pasado, avanzando y descubriendo nuestra libertad, nos evadimos de la cárcel del victimismo.

2. Nos liberamos de la cárcel de la evasión cuándo aceptamos los sentimientos. Le damos la bienvenida y luego los soltamos. Siente para poder curarte. Intenta identificar un sentimiento y dale un nombre, sin juzgarlo ni intentar cambiarlo.

3. Lo contrario de la depresión es la expresión. Piensa en una conversación que hayas tenido recientemente y en la que te hayas reprimido y no hayas dicho lo que sentías. No es demasiado tarde para asumir tus sentimientos y decir la verdad. Cuéntale a esa persona que has estado reflexionando sobre su conversación y que te gustaría continuar. Acuerden un momento conveniente para hablar y di algo como: “Sabes que, en aquel momento no supe como expresarlo, pero me doy cuenta que sentía ___ cuando___”. (En Auschwitz no había Prozac, p.64)

4. Muchas veces nos encasillamos por culpa de las expectativas y de la sensación de que tenemos que desempeñar un papel o una función específica. Libérate del autoabandono y dedica al menos 5 minutos al día a saborear sensaciones placenteras. Trabaja, ama, juega. Date amor.

5. El dolor tiene muchas capas y sabores: tristeza, miedo, alivio, culpabilidad por haber sobrevivido, dudas existenciales, inseguridad, fragilidad… Nuestra comprensión íntegra del mundo se interrumpe y se reconfigura. Hay un aforismo que dice: “El tiempo cura todas las heridas”, pero no estoy de acuerdo. El tiempo no cura. Es lo que tú haces con ese tiempo. La tristeza nos invita a replantearnos las prioridades.

6. Rompe con el hábito de abandonarte. Cuando eres libre, asumes la responsabilidad de ser quien realmente eres. Identificas los mecanismos de defensa o los patrones de conducta que has adoptado en el pasado para satisfacer tus necesidades. Te reenganchas con las partes de ti que tuviste que dejar de lado y reclamas la persona completa que no te dejaron ser. Rompe con el hábito de abandonarte, y recuerda: Tienes algo que nadie más tendrá jamás. Te tienes a ti: durante una vida entera.

 

“Si no puedes entrar por una puerta, entra por una ventana”, solía decir la mamá de Edith. No hay puerta en la supervivencia, ni para la recuperación. Todas son ventanas. Pestillos que no puedes alcanzar fácilmente, cristales demasiado pequeños, espacios por los que no pasa un cuerpo. Hay que encontrar la manera.

Su manera de ver la vida nos llena de esperanza y nos recarga de resiliencia. “No puedes cambiar lo sucedido, no puedes cambiar lo que hiciste o lo que te hicieron. Pero puedes decidir cómo vivir ahora”. Ya que no podemos borrar el dolor, pero somos libres de aceptar lo que somos, lo que nos han hecho y avanzar.

 

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