Arte

Publicado el sábado, 19 de octubre del 2024 a las 03:28
Ciudad de México.- En la cúspide de un indudable logro personal, donde suelen abundar los elogios y la relatoría de aciertos, la historiadora del arte Marina Garone decidió que su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (AML) debía tratar de la materia opuesta al éxito.
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Tengo la convicción de que se aprende más del fallo que del acierto”, leyó este jueves, en la sesión pública solemne llevada a cabo en la Biblioteca Nacional de México. “Porque habitualmente el primero nos inquieta y mueve a mejorar, pero el segundo nos anestesia y ensoberbece”, apuntó.
Así, la especialista en la historia del libro, la edición, la tipografía y cultura visual latinoamericanas, eligió como tema de su discurso al estudio de las erratas tipográficas en la edición novohispana.
“Dependiendo de la filosofía vital de cada quien, podemos vernos como el resultado de la suma de nuestros éxitos menos la cantidad de nuestros fracasos”, reflexionó.
Como un gesto de cortesía y agradecimiento hacia los ocupantes anteriores de la silla que ahora detenta (“de erótica grafía, la XXX”, bromeó), recordó que el doctor en literatura Aurelio González y los novelistas Agustín Yáñez y Arturo Azuela se habían formado inicialmente como ingeniero químico, matemático y abogado, respectivamente.
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(Entonces) no suena tan arbitrario que una diseñadora gráfica esté hoy aquí”, dijo, refiriéndose a su licenciatura en esta materia, seguida por una maestría en Teoría e historia del diseño y su doctorado en Historia del arte. “Pero más allá de las lógicas que nos permitan para explicar presencias, lo que nos hermana en esta silla, y a la sillería completa de esa corporación entre sí, es el amor y el trabajo con las letras, las palabras, los libros y la lengua”, extendió al resto de la corporación.
Con ello, de manera erudita pero didáctica, sensible y con pinceladas de humor, la más reciente integrante de la AML disertó sobre todo aquello que puede aprenderse de las erratas surgidas en los procesos de edición en México, desde la llegada de la imprenta hasta 1821.
Para ello, evocó al diablo menor Titivilus, creación medieval del monje Juan de Gales, y quien era el encargado de llevar al infierno no a los clérigos que se equivocaron en sus palabras, sino a las palabras mismas.
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Con la llegada de la imprenta, ese maléfico personaje amplió sus territorios y pasó al taller donde construyó un complejo mundo de errores multiplicados”, refirió. “Es así que, desde entonces, ha reinado con astucia y poderes de invisibilidad, como un santo patrón de los perversos gazapos tipográficos”.
Con una estructura académica clara, la investigadora titular definitiva del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (IIB) de la UNAM habló sobre la práctica editorial durante el periodo de la imprenta manual, para luego abordar el proceso de cuidado del texto y la fe de erratas.
“La fe de erratas es uno de los mediadores entre el autor y el lector”, definió. “Se presenta como la garantía del cuidado editorial de la obra y, de manera indirecta, invita al lector a ser cuidadoso y a participar en la corrección de faltas que localice”.
Considerada como “un tipo de texto con un estatuto escritural propio e independiente del cuerpo de la obra”, Garone habló sobre la fe de erratas como documento de gran valor para el estudio de las lenguas de México.
Con ellas, ha logrado realizar un compendio abarcador de las erratas en los impresos novohispanos, sus características y sus causas.
“Los numerosos ejemplos presentados muestran los efectos de lo que (fray Hermenegildo) Vilaplana denominó ‘el pecado original de la imprenta’”, citó.
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La vergüenza que generó en los escritores novohispanos constatar sus equivocaciones multiplicadas en cientos de ejemplares con el consecuente riesgo de sufrir escarnio de sus lectores, y el temor que sintieron los impresores ante posibles sanciones legales y económicas por los descuidos en una edición, impulsó a autores e impresores al expurgo permanente de las erratas dando fe de ellas”.
Con ello, la recién ingresada académica de la lengua hizo votos por que no sólo los autores y lectores pertenezcan a la “ciudad letrada”, sino también los operarios del taller.
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La agotadora vitalidad de Titivilus nos permite sentir gran empatía por aquellos artesanos de las palabras de antaño, sin embargo una mirada más reposada sobre sus fallos nos permite reflexionar acerca de la evolución de las reglas de escritura y los marcos de referencia de la comunicación de otras épocas”, concluyó.
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