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Amor por la vida

Por Guadalupe Loaeza

Hace 5 meses

Si algo tiene Viviana Corcuera es amor a la vida. Por ello, a sus 80 años festejados el martes, acompañada por más de 250 amigos, a la hora de los brindis, todos elevamos nuestra copa de champagne en honor de una mujer fuera de serie.

Desde que nació en Santa Fe, Argentina, Viviana Dellavedova, sin lugar a dudas, ha sido “arquitecta de su propio destino”, se podría decir que vino al mundo con una estrella en la frente, tanto por ser aplicada en sus estudios, como por todo lo que ha logrado con tanto éxito. Viviana es una suertuda, no en balde fue coronada en 1964 como Miss Argentina, entre muchas beldades, en un país pletórico de mujeres bellas. Seguramente influyó el hecho de que fuera inteligente, graciosa y con un gran sentido del humor. Viviana es muy articulada, sabe lo que dice y dice lo que sabe. En todas las entrevistas llama la atención su seguridad al hablar. A pesar del mundo en el que se mueve, entre millonarios, personalidades de altísimo rango y de diversas partes del mundo, Viviana no es esnob y cree más en su paz interior que en los privilegios materiales con los que siempre ha vivido, especialmente desde que se casó con el play- boy más cotizado de la alta burguesía mexicana, Enrique Corcuera y García Pimentel, creador del pádel. A partir de este matrimonio el 15 de marzo de 1969, su vida dio un vuelco, que la llevó a quedarse en México, país que adora y en el que ha vivido más tiempo que en el suyo.

Como señora Corcuera, no tardó mucho en convertirse en la mejor anfitriona de México. A pesar de las críticas, en el fondo, todas las niñas bien la admiraban y le reconocían sus dones y su simpatía natural. Las divertía su acento, su desfachatez, pero sobre todo, su bien merecida suerte. Tal vez sin proponérselo, con el tiempo, Viviana fue adquiriendo un liderazgo muy notorio entre las mujeres. No hay duda de que ella era y es mucho más libre, más atrevida, que sus contemporáneas. No se escandalizaba con nada, se divertía, no juzgaba, se divertía y no se aburría, se divertía. Siempre está sonriente y con ganas de aprender, de descubrir y de vivir intensamente el momento. Qué chistosa es Viviana. Además, es muy católica y guadalupana.

Ella fue la que le propuso a su amplio grupo de amigas organizar en casas privadas la venta de ropa semiusada. “Hagamos algo como en París o en Nueva York, invitemos a nuestras amigas a que donen su ropa que ya no se ponen y los objetos que ya no usan para venderlos y así sacar fondos para ayudar a los artesanos a comprar hilos de mejor calidad, telares más modernos, y apoyémoslos con diseños más atractivos”. Al principio, sus amigas dudaban de su propuesta: “Quién va a querer, sobre todo entre nosotras, comprar ropa usada, si podemos comprar ropa más de moda”. El tiempo y él éxito de los vintage les demostró que estaban equivocadas. Para promover esta iniciativa, Viviana no se daba abasto: asistía a todas las entrevistas habidas y por haber, ningún líder de opinión le negaba un espacio en televisión o radio. Viviana era la más convincente del mundo, ella proporcionaba su teléfono personal para organizar las citas, especialmente para la compra de vestidos de novia de marca muy caros que habían costado 40 mil pesos o más; en el vintage, estaban a 2 mil pesos. Andando el tiempo y ya muy amiga de los artesanos, el Bazar de los Vintage (2005), organizado dos veces al año, se volvió famosísimo, incluso entre anticuarios y comerciantes del Centro Histórico. Hay que decir que también fue gracias a la organización del Patronato del Museo de Arte Popular, al cual se integró en el 2002 por invitación de María Teresa Arango.

Viviana se convirtió en una de las vicepresidentas de esta organización filantrópica, es mamá de tres hijos: Luis, Viviana y Enrique, y abuela de seis nietos (Reforma).

En su fiesta de 80 años, Viviana, vestida toda de negro, con guantes negros y pequeñas plumas negras que se asomaban apenas en su pelo rubio, estaba radiante, rodeada por muchos amigos de varias generaciones que, con el tiempo, hemos aprendido a quererla, respetarla y admirarla. El destino de esta exmiss Argentina hizo que viniera a México, no nada más para deslumbrarnos con su belleza, sino para cumplir una tarea filantrópica. Quién le iba a decir a la que fuera modelo de cigarrillos, productos de belleza y trajes de baño, que un día se convertiría en la argentina más mexicana de Latinoamérica.

Y todo por amor a la vida.

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