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Entre el gasto inercial y la culpa geopolítica

Por JC Mena Suárez

Hace 7 meses

Marzo de 2026 ha llegado con una carga de ambivalencia que pocos analistas previeron. Mientras los indicadores macroeconómicos del IMEF sugieren un crecimiento inercial de 1.4% del PIB, la microeconomía del hogar coahuilense se enfrenta a una Semana Santa teñida por el ruido de fondo de una guerra lejana pero omnipresente. El fenómeno no es menor: por primera vez en décadas, el dilema del vacacionista no es sólo presupuestario, sino ético.

¿Es lícito el hedonismo de la playa o la cabaña mientras el orden internacional se desmorona en otros continentes? Esta pregunta, que antes pertenecía a la filosofía, hoy dicta tendencias de consumo en Saltillo y Monterrey. Las familias ya no sólo cuentan pesos, cuentan justificaciones. La entrada a las vacaciones se da bajo una política monetaria restrictiva, con tasas de 6.50% que encarecen el crédito, obligando a los ciudadanos a elegir entre el ahorro programado, la excursión de bajo costo o la parálisis total por una mezcla de falta de liquidez y empatía geopolítica.

 

 

La segmentación del ocio en la crisis

La tesis central de este análisis es que la Semana Santa de 2026 marca el fin del “consumo aspiracional uniforme” para dar paso a una segmentación drástica basada en la resiliencia financiera. Observamos tres perfiles claros: el ahorrador previsor, que blindó su viaje con un año de antelación; el excursionista de proximidad, que sustituye el destino internacional por la sierra local o la visita familiar a Monterrey, debido a la falta de efectivo; y el “objetor de conciencia”, que renuncia al descanso no sólo por presupuesto, sino por una fatiga moral ante el conflicto bélico global.

 

 

Razones económicas e impacto social

Esta fractura es consecuencia directa de una “brecha de productividad” que el nearshoring no ha logrado cerrar en todos los estratos sociales de Coahuila. Mientras el sector industrial atrae proyectos de alta tecnología, el valor agregado no ha permeado hacia el salario real de manera que compense una inflación que se resiste a bajar de 4 por ciento. Según reportes recientes del Inegi, la actividad industrial manufacturera registró un tropiezo del 1.1% mensual al arranque del año, lo que explica por qué muchos empleados de la Región Sureste optan hoy por acampar en una presa o asistir a los oficios religiosos en Saltillo: no es una elección estética, es una estrategia de supervivencia económica frente a un costo de vida que se ha disparado.

 

El espejo de una economía de subsistencia y fe

Analizar la dinámica vacacional de este año requiere diseccionar el comportamiento de la demanda interna bajo la lupa de la incertidumbre. En el corazón de la Región Sureste de Coahuila, el pulso económico se siente en los pasillos de las plantas de Ramos Arizpe y Saltillo, donde la narrativa del crecimiento choca con la realidad del bolsillo. No podemos ignorar que, aunque la Inversión Extranjera Directa mantiene un flujo constante de anuncios, el PIB manufacturero ha mostrado signos de fatiga, cayendo 1.7% anual según los últimos datos desestacionalizados. Este enfriamiento industrial tiene un correlato inmediato en la capacidad de gasto discrecional de la clase trabajadora local, que es quien tradicionalmente sostiene el turismo regional en la Semana Pascua.

El hecho de que un sector de la población haya pagado sus vacaciones con un año de anticipación es un indicador de “ahorro forzado” ante la desconfianza en el crédito. Con tasas de interés que terminarán el año en niveles de 6.5%, el uso de la tarjeta de crédito para el ocio se ha convertido en una trampa financiera que muchos prefieren evitar. Por ello, vemos un retorno a lo que llamamos “turismo de proximidad” o de “baja intensidad”. El viaje a Monterrey para visitar familiares o la renta de cabañas en la sierra sin capacidad de consumo adicional son síntomas de una economía que se ha “encogido” hacia lo esencial. No hay excedentes, hay reacomodos. El ahorro se destina a la logística de traslado, pero no al gasto suntuario en el destino.

Este escenario se complica cuando introducimos la variable geopolítica. La mención constante de la guerra en las conversaciones de sobremesa de los saltillenses no es sólo retórica. Existe una parálisis por empatía que, desde la perspectiva de la psicología económica, frena el consumo impulsivo. El consumidor de 2026 es un sujeto informado que percibe la fragilidad del sistema. Cuando una persona decide no salir porque “otros mueren en la guerra”, está manifestando una forma de ahorro precautorio disfrazado de ética. Es la respuesta racional ante la posibilidad de que el conflicto escale y afecte las cadenas de suministro o los precios de la energía, lo que erosionaría aún más el valor de sus ahorros.

Comparando esta situación con la crisis de 2020 o la inestabilidad de 2025, la diferencia radica en la causa del freno. En la pandemia, el impedimento era físico y normativo; hoy, el impedimento es una combinación de fatiga inflacionaria y una crisis de expectativas. El valor agregado en la manufactura local, aunque alto, no se traduce en una mayor capacidad de ocio para el operario promedio, cuya canasta básica ha absorbido cualquier incremento salarial derivado de las revisiones de contrato. El resultado es una Semana Santa de “puertas adentro” o de “puertas cercanas”.

Regionalmente, Coahuila se encuentra en una encrucijada. El sector servicios y restaurantero, que esperaba un repunte tras la cuesta de enero, se topa con un comensal que busca el menú de cuaresma por tradición, pero también por costo. Las ferias de empleo y las vacantes disponibles en la industria 4.0 aún no logran elevar el ingreso mediano lo suficiente como para revitalizar el turismo de media distancia. Mientras tanto, las instituciones religiosas en Saltillo experimentan una afluencia récord, no sólo por fe, sino porque la liturgia ofrece un espacio de contención ante la incertidumbre global y económica que el mercado no puede proveer. La resiliencia, ese término tan abusado, se manifiesta hoy en la capacidad de la gente para encontrar significado en lo local y lo austero ante la tormenta externa.

 

 

El Q2 como campo de batalla

La Semana Santa 2026 pasará a la historia no por sus récords de ocupación, sino por ser el momento en que el consumidor regional aceptó la austeridad como una forma de prudencia ante el desorden mundial. La proyección para el segundo trimestre (Q2) es de una cautela extrema: la inversión privada seguirá en modo “esperar y ver”, supeditada a las noticias del frente de guerra y a la revisión de los tratados comerciales en junio. Mi prospectiva es que veremos una consolidación del consumo localista. Es imperativo que las políticas públicas de Coahuila se enfoquen en fortalecer el mercado interno y la diversificación de servicios, pues no podemos seguir dependiendo exclusivamente de una demanda externa que hoy está distraída por el conflicto bélico. La verdadera resiliencia no es aguantar el golpe, es saber girar la vista hacia nuestra propia fortaleza regional cuando el mundo exterior decide cerrarse.

 

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