Arte
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Grupo Zócalo
Publicado el sábado, 16 de mayo del 2026 a las 04:02
Valdemar Áyala Gándara | Saltillo, Coah.- Un melodrama en manos de Godard siempre será más un Godard que un melodrama, y este, siendo el caso, es también uno de los filmes más deliciosos y amenos del gran Autor francófono.
Jean-Pierre Léaud está, una vez más, perfecto, aquí como Paul, joven francés recién liberado del servicio militar, que deviene activista anti Guerra de Vietnam, pero que cae como un gorrión con alas de cemento ante los encantos de Madeleine (Chantal Goya), una chica chic de su tiempo –un eterno femenino más bien coyuntural–, free lancer con aspiraciones musicales que la llevan a grabar un tema que resulta un hit, escalando el rating hasta codearse con Los Beatles, Aznavour y Bob Dylan en aquel momento… nada mal para una jovencita primeriza.
Diálogos y acciones dan cabida a las amigas y el amigo de la asimétrica pareja –teniendo especial relevancia Catherine (Catherine-Isabelle Duport), tal vez algo enamorada de Paul–, y ello contribuye a la representación de matices complementarios de “lo masculino” y “lo femenino”, que apoyan la concatenación de temas por demás diversos, con un ímpetu que oscila entre lo filosófico y lo pop: despertar sexual, autodescubrimiento, posición política, conciencia de clase, sindicalismo y fragilidad sentimental se van entrelazando de manera godardiana –disruptiva y ensayística– con agilidad y humor sutil, en esta obra que uno de sus propios rótulos textuales define con tino como un relato acerca de “los hijos de Marx y de la Coca-Cola”, y el cameo sorpresivo de la siempre sexy Brigitte Bardot –que “se parece a Brigitte Bardot”, según afirma Madeleine al mirarla– en el interior de una cafetería –quedando luego la voz de B.B. fuera de cuadro por unos segundos, como indicio de un trabajo de mesa en el que interpreta un guion aparte–, es un guiño intertextual que ratifica la genialidad de la película, fruto de un realizador sin par, de los pocos realmente esenciales para mapear la historia del séptimo arte hasta nuestros días.
Ciencia ficción francesa
La Jetée (El Muelle, de Chris Marker, 1962) o los 28 minutos más hermosos de la historia del cine… de un cine que no es cine, en el sentido estricto… siendo, en cambio, un lugar de embarque, un punto de partida para viajar de manera inédita…
A la imagen en movimiento se contrapone la contundencia discreta de imágenes fijas, en blanco y negro, y entre ellas, con todo el ímpetu de una evocación, la permanencia del rostro de una mujer… ¿visto?, ¿imaginado?, ¿soñado?, pero, de cualquier forma, presente… como anhelo y destino, a través del tiempo y sus relatividades, siempre un paso antes o después del pleno alcance y permanencia humana…
Aquí se hallan, en esencia, las concepciones y los deslumbramientos que definieron la herencia poética del arte más propositivo de los años 60, aún inimitable en su decantación y hondura simbólica… Godard y Perec afines y potenciados a través de un tamiz de tejido deleuziano, por el cual movimiento, duración (o sea, tiempo) y memoria responden a un entrelazado granular, que conforma una obra vigente de manera manifiesta, estimulando recursos de imaginación y sensibilidad para afrontar el presente degradado en que vivimos, brindando un impulso renovado, revelador y terapéutico, a nuestra condición de seres incompletos y deseantes, en busca de recuperar lo que hemos perdido… aunque la vida se nos vaya en ello…
Obra maestra esencial e indispensable, hoy más que nunca… y mientras aún nos quede tiempo para vivirlo en tiempo presente.
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