Arte
Publicado el viernes, 29 de mayo del 2026 a las 23:35
Saltillo.- Con mi llegada al Teatro Fernando Soler, cientos de saltillenses comenzaron a aglomerarse afuera de sus puertas para presenciar la obra de teatro que resonó en las redes sociales de todo México: El Diario de un Loco, el lado humano de la esquizofrenia. Una obra escrita y interpretada por Sebastián Dezma.
Al abrirse el telón, aparece Leonardo Ivanovich, quien narra su historia a través de un monólogo impecable sobre el deterioro emocional de un hombre sencillo y sensible ante su vida como empleado de bajo nivel, y sobre cómo cayó en una espiral de locura y depresión.
Se trata de un hombre que descubre que la vida no le permite aspirar a más debido a una estructura social impuesta y a un sistema que poco favorece a los marginados, a aquellos considerados “locos”, ya sea por sus orígenes o por su estatus social.

Es un hombre en búsqueda del amor, la validación, el reconocimiento y un propósito dentro de un mundo hostil e indiferente al dolor ajeno, donde tu lugar parece estar determinado desde el momento en que naces. Un hombre que aprendió a abrazar la soledad, pero que al mismo tiempo la odia.
Durante la obra, el personaje es víctima de su propia mente y de su propio corazón, rodeado de seres que solo él y la audiencia podían ver: el amor de su vida, el villano que le impide llegar hasta ella, su familia y los ángeles que le brindan un taco para calmar el hambre constante que lo acompaña a través de una vida que nunca pidió.
Pero Leonardo Ivanovich también nos muestra la búsqueda del sentido y el propósito de seguir vivos; esa “agüita de limón” necesaria para recuperar las fuerzas y la esperanza.

Sin duda alguna, esta obra tocó recuerdos profundos e hizo inevitable sentir empatía por Leonardo: sentirse excluido, odiado, señalado, culpado y violentado, todo por sentir y pensar de manera diferente.
En una realidad donde el individualismo predomina y el bienestar colectivo queda relegado a un segundo plano, la carga de la soledad, la cotidianidad y la crueldad humana terminan por quebrar al prójimo. La obra nos recuerda que cualquiera puede volverse “loco” en un mundo de “cuerdos”.
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