Saltillo

Publicado el domingo, 12 de julio del 2026 a las 01:33
Saltillo.- A las 4 de la mañana, cuando la mayoría de las casas seguían en silencio, en la de José Santos Valdés ya se escuchaba el golpeteo constante de una máquina de escribir. Mientras el resto de la familia dormía, él aprovechaba las primeras horas del día para redactar los artículos que más tarde aparecerían en periódicos y revistas de distintas partes del país.
Esa imagen quedó grabada para siempre en la memoria de Patricia Valdés, la menor de sus hijos, quien todavía hoy recuerda aquellas madrugadas como una muestra de la disciplina que caracterizó a uno de los educadores rurales más importantes de Coahuila.

Han pasado más de tres décadas desde su muerte y, sin embargo, su nombre continúa despertando respeto entre maestros, exalumnos y especialistas en educación. Nacido en el ejido Rincón de García, en el municipio de Matamoros, Coahuila, José Santos Valdés dedicó su vida a impulsar una educación pensada para las comunidades rurales, convencido de que la escuela debía responder a la realidad de quienes más la necesitaban.
Su trabajo como docente, director de normales rurales, escritor y promotor de la educación democrática dejó una huella que sigue vigente. Pero detrás del personaje público existía un hombre cuya vida familiar estuvo marcada por una decisión que tomó desde muy joven: entregar prácticamente toda su existencia a la enseñanza.
“ Entregó su vida a la educación. Nosotros nos quedamos radicando. Yo soy la última de la familia. Y por un tiempo mi madre se movía con mis hermanos a los lugares en donde él estaba trabajando.
Esa entrega significó también largas ausencias. Mientras él recorría distintos estados del país desempeñando cargos educativos, su esposa y sus hijos permanecían establecidos principalmente en Durango. Las vacaciones eran los momentos en que la familia volvía a reunirse.
No era un hombre de grandes demostraciones de afecto. No acostumbraba abrazos constantes ni palabras efusivas. Su cariño se manifestaba de otra manera: respetando las decisiones de sus hijos, escuchándolos y permitiéndoles construir su propio camino.
“ Lo que más agradezco a mi padre y a mi madre es esa libertad que me dieron de poder tomar mis propias decisiones en cosas tan sencillas como qué estudiar, en dónde estudiar.
Su hija asegura que esa congruencia fue una de sus mayores virtudes.
“ Es que papá, él siempre educó con el ejemplo, lo que él decía era lo que él hacía, entonces era un hombre íntegro, incorruptible, porque tuvo muchas oportunidades, le ofrecieron cargos como lanzarse para diputado; mi padre decía, sí, si lo quieren para poderme poner un cierre en la boca, pero pues eso no se va a poder.

Esa filosofía también se reflejaba dentro de su hogar. La casa familiar se convirtió durante años en un espacio abierto para quienes buscaban una oportunidad. Primos provenientes de comunidades alejadas vivieron con ellos para poder continuar sus estudios. Campesinos llegaban con frecuencia buscando ayuda para que sus hijos no abandonaran la escuela.
En una ocasión, recuerda Patricia, una mujer apareció con un bebé en brazos porque no tenía cómo alimentarlo y alguien le dijo que acudiera con José Santos Valdés.

Quienes lo conocieron coinciden en describirlo como una persona seria, cuya sola presencia imponía respeto. Sin levantar la voz lograba hacerse escuchar. Pero esa firmeza estaba acompañada por una profunda sensibilidad hacia quienes vivían en condiciones de pobreza, algo que nunca olvidó porque él mismo creció entre carencias.
Provenía de una familia humilde y conoció desde niño las dificultades para estudiar. Esa experiencia marcó su pensamiento y explica buena parte de su compromiso con las escuelas rurales. Para él, la educación no podía entenderse desde un escritorio; debía construirse a partir de las necesidades de cada comunidad.
Patricia recuerda que ninguno de sus hijos se presentaba diciendo que era descendiente de José Santos Valdés. No era una regla escrita, pero todos entendían que ese era uno de los principios que guiaban a su padre.
Ella misma comprobó años después el peso que seguía teniendo ese apellido. Recién egresada como maestra acudió a buscar una plaza docente. Durante el trámite, un profesor la reconoció y, sorprendido, le preguntó por qué nunca había mencionado que era hija de José Santos Valdés.
“ ¿Usted es hija de José Santos Valdés?
Su pensamiento también despertó críticas. Durante años fue señalado como comunista y enfrentó el rechazo tanto de sectores políticos como religiosos. Sin embargo, jamás modificó sus convicciones.
Rechazó cargos políticos porque consideraba que podían limitar su libertad para expresar sus ideas. Prefería seguir escribiendo. Su pluma fue siempre su principal herramienta.
Gran parte de su producción permanece reunida en decenas de tomos que recopilan miles de páginas sobre educación, pedagogía y desarrollo social, un esfuerzo impulsado por antiguos alumnos que han dedicado años a preservar su obra.
Ese principio marcó también la educación que ella dio a sus propios hijos. Les enseñó a buscar siempre las virtudes de los demás, a no perder la oportunidad de tender la mano y a no abandonar sus ideales aunque encontraran decepciones en el camino.
Porque más allá del escritor, del pedagogo o del impulsor de la educación rural, permanece el recuerdo de aquel hombre que, antes de que amaneciera, encendía una lámpara, colocaba una hoja en su máquina de escribir y comenzaba una nueva jornada convencido de que la educación podía cambiar el destino de un país.

Resultaba común que en un mismo día coincidieran personas de muy escasos recursos con gobernadores, funcionarios o incluso presidentes de la República, que acudían a visitarlo para pedir consejo sobre temas educativos.
Entre quienes pasaron por su hogar recuerda a José López Portillo, Luis Echeverría y diversos gobernadores de Coahuila y Durango.
A pesar del reconocimiento nacional que alcanzó, nunca permitió que su familia utilizara su nombre como una ventaja personal.
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