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| La película está llena de un humor ácido y negro recurrente en el cine de McDonagh.

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‘Nunca digas Arkansas en el fin del mundo’; Cine para Puntos y Aparte

  Por Grupo Zócalo

Publicado el sábado, 7 de noviembre del 2026 a las 06:12


Se estrena en la ciudad Caballo Salvaje Nueve, el filme más reciente del cineasta irlandés Martin McDonagh

Valdemar Ayala Gándara| Saltillo, Coah.- Yo también sentí alegría al saber los resultados de las elecciones intermedias en Estados Unidos hace un par de días, pero como suele suceder, proveniente del arte, un producto viene a mostrar verdades más allá de lo aparente, menos optimistas al inducir a la reflexión, sugiriendo –a través del tamiz de la sensibilidad conectiva– tener mayor calma y reservas, para medir con mesura el entusiasmo, luego de hacer referencia a historias con trasfondo histórico real nunca revelado del todo, por lo cual aún preocupa y hiere, conectando con y afectando a nuestro tiempo presente.

Filme de una riqueza simbólica y una pertinencia ideológica loables, Caballo Salvaje Nueve (2026) del sólido director, dramaturgo y guionista británico Martin McDonagh (1970), brinda la confirmación plena de sus talentos que lo han llevado a ser uno de los autores más interesantes del cine mundial en el presente siglo, luego de películas como En Brujas (2008), Tres Anuncios por un Crimen (2017) y, sobre todo, la memorable Las Banshees de Inesherin (2022).

Su obra más reciente es un ejemplo admirable de dosificación narrativa y giros dramáticos que acepta administrar con honestidad intelectual los pactos tácitos con los espectadores, al tiempo de asumir retos y riesgos numerosos de los cuales sale muy bien librado el metraje, gracias a su valiente guion que, sin menoscabo del interés de la intriga planteada, se toma el atrevimiento de anunciar anticipadamente –y reiterarlo a lo largo del desarrollo– el final de su historia –y que obviamente no revelaré aquí–, con el único posible desenlace derivado del respeto absoluto a la congruencia para con sus personajes principales, que igual fascinan por su riqueza –aceptando la contradicción como uno de sus ingredientes de personalidad más sinceros–, pero también repelen por los intereses intervencionistas y abusivos que representa la organización para la cual han trabajado por décadas: la deplorable CIA, amparada, financiada y protegida por todos los gobiernos republicanos y demócratas que han existido en EUA a lo largo del tiempo, y que en el universo diegético del filme se relaciona con un período y lugar especialmente dolorosos para Latinoamérica: el efímero mandato en Chile del Gobierno de Salvador Allende.

La historia que narra Caballo Salvaje Nueve se ubica en las semanas previas al golpe militar del infeliz Augusto Pinochet, pero al ser, a la vez, el vía crucis y ocaso vital de un asesino experto al servicio del imperialismo yanqui, y centrar la trama en esa experiencia límite y ese proceso existencial, pasa a mover la acción y desarrollarla en su mayor parte en los indescriptibles paisajes de la Isla de Pascua (en el dialecto nativo, Rapa Nui), equilibrando con brillantez los variados temas y referentes de la trama, con la confluencia de elementos de suspenso cuasi policiaco, denuncia política, soberbia arribista, dignidad humana, amistad masculina puesta a prueba, bravura rebelde y trascendentalismo conectivo con la naturaleza y sus criaturas (de ahí el título, cuya clave numérica proviene de otra capa del guion, que sólo el público más detallista sabrá identificar y reservar).

Por medio de los elementos señalados, el argumento goza de una riqueza que lo lleva a alturas de excelencia, gracias a su tratamiento que modula rigor y piedad al concentrarse en el significativo proceso vital y arrepentimiento ético de un réprobo que expresa su propio recuento de vida con desfachatez y desencanto, resultado de su náusea propia en tanto agente encubierto, matón a sangre fría, desestabilizador profesional de gobiernos democráticos y trotamundos con la misión de pervertir los intereses e instituciones ajenos al gran capital financiero, armamentista y manipulador que no cambiará en su raíz como sistema estadounidense característico, lo gobierne el partido que lo gobierne, siendo esta una de las más duras afirmaciones que plantea implícitamente el enjundioso y muy digno filme de McDonagh, y que habrá de confirmar, fuera de las salas de proyección, la presente etapa de nuestra época.

De potros e islas

En la mejor actuación de su admirable carrera, John Malkovich da vida e individualidad física y sicológica a “Chris”, el veterano agente alrededor del cual gira el relato, y para construir la personalidad necesaria y acorde a su papel, el actor ofrece un trabajo vocal que es impactante, por sus registros guturales totalmente distintos a los de cualquiera de sus personificaciones anteriores, y a lo cual suma un manejo de gestualidad que despliega con refinamiento una gama amplia de modulaciones faciales, y en las que destacan los acomodos oculares que llevan a darle al personaje una señal de identidad entrañable y hasta simpática, a través de un ligero estrabismo que lo hace ver gracioso incluso cuando relata reprobables episodios políticos en los participó en Congo, Guatemala y demás países, pero sobre todo en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963.

Compañero de aventuras, desventuras y tareas infaustas mantenidas en secreto lo más posible, “Lee” es representado por el siempre convincente Sam Rockwell, cargando con las dificultades propias de estar dividido entre la fidelidad amistosa hasta las últimas consecuencias, el cumplimiento de los deberes propios de la agresividad institucionalizada y el resquebrajamiento matrimonial con intentos paliativos gestionados telefónicamente. Sumado a las circunstancias anteriores que lo condicionan, Lee como personaje ayudante de Chris cumple también con una función narrativa fundamental, al ser portavoz de algunos contenidos del relato que sirven como bisagras para hacer comprender el profundo significado del andamiaje argumental y las implicaciones y consecuencias del pasado, el presente y la influencia a futuro de los operativos que protagonizó su amigo, y que a toda costa busca el sistema financiero-policiaco-militar de su país mantener entre las sombras para siempre.

Junto a Malkovich y Rockwell, la presencia de Steve Buscemi como jefe junkie, Mariana di Girolamo como estudiante chilena con conciencia de clase y espíritu libertario, la expresiva Parker Posey como esposa infiel y paranoica, y el inimitable Tom Waits como el lejano hermano instalado en Mountain Valley, Arizona, son complementos eficaces y atractivos en sí mismos, pero serán otros dos los comparsas más valiosos para el par protagonista: 1) la manada de caballos salvajes que rondan en el paisaje –destacando uno, cuya presencia y acercamiento con el doliente Chris alcanza resonancias casi panteístas, que recuerdan ese grado de comunión no verbal entre un hombre y un potro mirándose de frente en la estupenda Michael Clayton de Tony Gilroy (2007)– y 2) la propia Isla de Pascua, con sus impresionantes paisajes y sus monumentales cabezas que emergen y se sostienen incólumes de cara al mar, tal como emergen en la trama las verdades profundas y las confesiones grabadas de actos ilegales a final de cuentas absurdos y fruto de la mezquindad humana, con sus pretensiones de dominio y ambiciones más pueriles, similares a las exhibidas –con total cinismo y deshonestidad– en los últimos años a nivel mundial.

Así, en el majestuoso entorno de Rapa Nui, las confesiones de actividades nefastas perpetradas por agentes secretos al servicio del capital, acentúan en lastimoso contraste la pequeñez de lo humano, acentuada melancólicamente por medio de recuerdos que confirman la degradación propia de una vida que habría sido feliz viviéndola en compañía de caballos o visitando Venecia.

Ganadora de dos premios, precisamente, en el Festival Internacional de Cine de Venecia de este año (incluida la Copa Volpi a Mejor Actor para John Malkovich) Caballo Salvaje Nueve es otra de esas películas, como Digger, que más allá de sus ingresos en taquilla o reconocimientos internacionales, habrá de adquirir relevancia creciente al paso del tiempo, por su humor ácido e inteligente, su virtuosismo narrativo que alude a la participación activa de los espectadores, y su posicionamiento ideológico haciéndole frente a los sectores explotadores de países y recursos naturales, que generan la mayor parte de los problemas que aquejan al mundo que hemos construido sin consideraciones ni justicia suficientes.

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