Espectáculos
Por
Redacción
Publicado el miércoles, 3 de diciembre del 2008 a las 16:00
Saltillo, Coah.- La madrugada se llenó de mensajes y llamadas con el mismo triste, genuinamente doloroso mensaje: “Enriqueta se ha ido”. Todos le decían así nada más, Enriqueta, incluso su hija.
No se trata en este caso de la famosa cursilería mexicana que algunos críticos acusan cuando las masas llaman Gabo a García Márquez. Cuando alguien le dice Enriqueta a Enriqueta, lo hace como si se tratara de una amiga cercana. Una que habló por todos nosotros mientras tomaba el té con sus demonios.
Aliento trágico
La vida de Enriqueta Ochoa está tejida con la filigrana de los poetas míticos, y desde luego avalada por una producción poética que se corresponde en intensidad, en audacia y belleza.
A Enriqueta le gustaba contar que la poesía le eligió una mañana, mientras barría su casa. Su vida consistió en barrer ese polvo interminable que se despeña de la realidad: la poesía.
“Las Urgencias de un Dios”, libro histórico en la poesía mexicana por sus búsquedas y su exploración audaz, provoca que la joven poeta sea censurada y mal vista en su ciudad natal, Torreón.
Inicia un periplo marcado por cierto aire de tragedia: la muerte de su padre, continuada por la de su madre, pérdidas que provocaron el suicidio de su hermana y poco después la de su hermano por causa del alcoholismo. Ochoa se salva a sí misma anudando el dolor en los versos de “Retorno de Electra”.
La poeta siempre dijo que sólo tenía un gran amor en su vida: su hija, la también poeta Marianne Toussaint. Hubo otro igual de grande, precisamente el padre de Marianne, perdido en algún pasillo oscuro en la memoria de la poeta, dueño de sus esperas.
La biografía se adereza con otros episodios no menos extraordinarios. Toussaint cuenta que luego de una estancia prolongada en hoteles del DF, una noche su madre le dijo que saldrían a dar un paseo a la Alameda para ver unas flores que sólo despiden su aroma y abren sus pétalos en la noche.
La pequeña aceptaba el paseo y pronto se daba cuenta que la flor no abría, que esa bella historia encubría una realidad terrible que terminaba imponiéndose: esa noche, y varias más, durmieron en la calle.
Un nombre
Nombres, generaciones, instituciones, geografías, paisajes, dolores, rostros, engranaron el mecanismo que dio vida a Enriqueta durante 80 años.
A medida que el plazo final se cumplía, cada uno de esos engranes desaparecieron hasta el grado de que —cuenta su hija— Enriqueta incluso olvidó el nombre de sus nietas, el de su propia hija y sus familiares. Pero uno rondaba sus pensamientos: Rilke. Pedía que se lo leyeran. Lo recitaba de memoria.
Quizá el poeta la llamaba para una reunión en el Parnaso, o donde quiera que ahora se encuentren. Mientras aquí, Enriqueta nos deja un poco huérfanos.
PRÓXIMO HOMENAJE
» El Icocult realizará en enero del 2009 una serie de eventos en honor de la poeta lagunera. En breve anunciarán el programa.
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