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A 20 años de la muerte de Juan José Arreola

Por El Universal

Hace 8 meses


En 1946, Arreola regresó a México y, por recomendación de Alatorre, ingresó en el Departamento Técnico del Fondo de Cultura Económica

Ciudad de México.- Juan José Arreola —nacido en Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán), Jalisco, el 21 de septiembre de 1918— fue panadero, vendedor de sandalias y tepache, cobrador de banco, carpintero, abarrotero, actor, encuadernador, tipógrafo, traductor, editor, corrector, comentarista deportivo…, pero sobre todo autor de un puñado de libros escritos con una de las mejores prosas de la lengua española.

A 20 años de su muerte —ocurrida el 3 de diciembre de 2001 en Guadalajara—, María del Carmen Galindo, académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lo recuerda y comenta tanto su obra como su labor al frente de diferentes empresas culturales.

Bienvenida a Louis Jouvet

Si bien no dejaba de leerlo y escucharlo cuando aparecía en televisión, Galindo piensa que no comprendió del todo la personalidad del escritor jalisciense hasta que leyó el libro El último juglar. Memorias de Juan José Arreola, escrito por Orso, su hijo mayor, y publicado en 1998.

Ahí se puede leer que en junio de 1944, cuando el actor francés Louis Jouvet llegó en tren a Guadalajara junto con la Comedia Francesa —una de las compañías teatrales más famosas del mundo—, para presentar varias obras en el Teatro Degollado, Arreola, de pie en el andén con un espléndido ramo de rosas en las manos, le dedicó unas palabras de bienvenida tan emotivas que quedó boquiabierto, sin saber bien a bien qué hacer ante semejante muestra de admiración”, señala.

Al cabo de unos días, Arreola logró reunirse con Jouvet en su hotel y manifestarle, en francés, que una de sus mayores ilusiones era estudiar teatro en París. Jouvet, entonces, le dijo que, en cuanto terminara la guerra, él lo apoyaría para que pudiera cumplir su sueño. Y así fue.

Antes de emprender su primer viaje a París en 1945 para estudiar teatro con una beca que le otorgó el gobierno francés, Arreola ya había conocido a otros dos escritores jaliscienses con los que trabó amistad: Antonio Alatorre y Juan Rulfo.

Con Alatorre fundó la revista Pan, donde, por cierto, se publicaron por primera vez dos de los cuentos de Rulfo: ‘Nos han dado la tierra’ y ‘Macario’; y con Rulfo integró la más extraordinaria dupla de cuentistas mexicanos de la época”, apunta la académica.

En el FCE

En 1946, Arreola regresó a México y, por recomendación de Alatorre, ingresó en el Departamento Técnico del Fondo de Cultura Económica (FCE), donde trabajó como corrector y redactor de textos para la cuarta de forros y solapas de diversos libros; asimismo, tradujo del francés algunas obras para la colección Breviarios, como La isla de Pascua, de Alfred Métraux, El cine: su historia y su técnica, de Geoges Sadoulm y El arte religioso, de Emile Male.

Ahora, uno manda un libro a una editorial y lo corrige quién sabe quién. Pero entonces estaba ahí, en el Fondo de Cultura Económica, Arreola. Hay que imaginar el lujo que representaba eso”, comenta la académica.

“Poesía en Voz Alta”

En 1956, cuando ya trabajaba en la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM, Arreola fue nombrado coordinador y director literario de una nueva compañía de teatro universitario a la que bautizó con el nombre de “Poesía en Voz Alta” y en la que colaboraron Héctor Mendoza, Juan José Gurrola, José Luis Ibáñez, Juan Soriano, Héctor Xavier, Leonora Carrington y Nancy Cárdenas, entre otros artistas.

En ‘Poesía en Voz Alta’, Arreola no sólo montó obras de teatro clásico español, sino también de vanguardia, y, además, participó en ellas, pues, como él mismo afirmó en El último juglar, era fundamentalmente un actor”, comenta Galindo.

Los nexos de Arreola y la UNAM se fortalecieron en 1959, cuando el rector en turno, Nabor Carrillo, le propuso hacerse cargo de una vieja casona porfiriana ubicada junto al lago de Chapultepec que hasta 1954 había sido la sede del Instituto de Biología y convertirla en un recinto cultural.

Arreola la llamó simplemente La Casa del Lago. Ahí hizo cosas fantásticas: fomentó la lectura mediante el préstamo de libros, organizó partidas de ajedrez, exposiciones de pintura, recitales al aire libre, representaciones teatrales… No me acuerdo dónde leí alguna vez que el primer día que abrió, él y Juan José Gurrola se subieron en una de las lanchas de Chapultepec y se pusieron a recitar poemas. Ahí vi La cantante calva, de Eugène Ionesco, y Landrú, de Alfonso Reyes, ambas dirigidas por Juan José Gurrola.”

Taller de Mester

Otra faceta notable de Arreola fue la de coordinador de un famoso taller literario en el que se formaron como escritores José Agustín, René Avilés Fabila, Jorge Arturo Ojeda, Elsa Cross, Hugo Hiriart…

Yo fui una sola vez a ese taller, invitada por Sergio Muñoz Vaca, amigo de Hugo Hiriart, quien me advirtió que debía llevar un texto. Así pues, como pasaporte para entrar en el taller de Arreola, llevé el único cuento que he escrito en mi vida. Arreola dijo que estaba muy bien, que se veía que tenía oficio (ya trabajaba como periodista en Novedades). Luego se esparció la versión de que yo era alumna de Arreola, pero la verdad no fue así. Realmente no tuve mucho que ver con Arreola. Nuestros caminos nunca se cruzaron”, indica la académica.

Con los trabajos de los talleristas (aunque en ella también se les dio cabida a otros escritores), Arreola publicó la revista Mester, cuyo primer número vio la luz en mayo de 1964 (en total se publicaron 12 números).

Al respecto, Galindo refiere: “Yo colaboré en el último número, que salió en 1967 bajo la dirección de Roberto Páramo, un magnífico escritor. Y puedo decir que de alguna manera contribuí a la quiebra de esa revista. ¿Por qué? Porque, a contracorriente de la brevedad propuesta por Arreola, entregué un ensayo larguísimo sobre Balzac que casi ocupaba la mitad de las páginas. Por supuesto, casi no se vendió ningún ejemplar de ese número… Entonces rectifico: sí tuve que ver con Arreola, pero con su fracaso como fundador de Mester.”

Frase

Su literatura se caracteriza por su brevedad y su ironía. También, no pocas veces, posee un cierto tono filosófico”. María del Carmen Galindo. Académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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