Cuando al gobierno de Estados Unidos le interesó poner orden en el gobierno de México, después de haber desaparecido la paz y la concordia, apoyando a caudillos de la Revolución, tras un cambio de nombres dieron el mote de “revolucionario” al partido hegemónico, creando lemas para la mística política.
En los 20 años previos, el sindicalismo sirvió para urdir traiciones y golpes de Estado; era una especie de religión entre los declarados desposeídos, y una herramienta útil para la manipulación.
Carranza, Obregón y Calles fueron hábiles usuarios del sindicalismo. Claro, eso también los llevó a repetir las prácticas de Robespierre y la retórica de Jacques Danton. Sin embargo, eran muy cautelosos en la promoción de derechos antes que de obligaciones en la población, bajo el lema de “el trabajo fecundo y creador”.
Con el gran plan hidráulico nacional se construyeron múltiples presas para riego; con ello se crearon muchas regiones agrícolas productivas. En varias de esas localidades cambió la imagen del productor agrícola, ya diferenciado del campesino. Riego, asistencia técnica, crédito agrícola seguro y hasta almacenaje para las cosechas hicieron que México tuviera miles de productores con riquezas medianas, principalmente en las zonas algodoneras y trigueras.
El campo tuvo éxito en esos años porque el corporativismo sindical era más débil en comparación con el de las industrias, algo idéntico a lo ocurrido en países de izquierda, donde por ese mismo motivo el campo tenía menor apoyo.
Esa práctica se repitió en varios sexenios con éxito, pero al inicio del periodo populista la agricultura se dividió en dos sectores: la de riego (Secretaría de Recursos Hidráulicos) y la de temporal (Secretaría de Agricultura y Ganadería). Ambas dependencias tenían organismos similares de asesoría y producción, pero lo importante lo hacía Recursos Hidráulicos; la otra funcionaba como ventanilla para pobres. Con el populismo se debilitó el apoyo a la producción agrícola: la SAG se dedicó exclusivamente al asistencialismo, mientras que la SRH sostenía la producción. Cuando ambas secretarías se fusionaron, aquello fue la señal del deterioro del campo, convertido en maquinaria electoral del régimen. Tras el desastre al final del sexenio de José López Portillo, se dejó de apoyar al Banco Rural y a la aseguradora agrícola, lo que desoló muchas regiones y forzó a millones de campesinos a migrar a las ciudades, aumentando las presiones de desempleo y asistencia médica.
Aquella idea del campo productivo se desvaneció. Desde Echeverría, para los líderes del sector se volvió más atractivo comprar granos en el exterior que producirlos, por las jugosas comisiones pagadas por productores de otros países. Esa práctica —de una nación que no produce lo que consume y lo paga con créditos internacionales— siempre fue común en los países comunistas y socialistas.
Comparando dos épocas: antes de 1970, en México había la firme convicción de que el gobierno proporcionaba educación y apoyo para que la gente trabajara y fuera productiva, como empleados, productores o empresarios. Y NADIE hablaba de “erradicar la pobreza”. En los últimos 30 años, en cambio, solo se sostiene la promesa de mantener a millones de mexicanos en calidad de macetas: decoración, costo y nada de aportación. Todo, con base en crédito extranjero; modelo que tal vez podría funcionar, si los encargados no se robaran la mayor parte.
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