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Coahuila

¿A quién tienes que salvar?

Por María José César

Hace 4 años

Recuerdo mucho una reflexión que me compartió una querida amiga, sobre cómo cuando el vivir en pareja es un bailar constante, y en ese baile, es normal que nos pisemos el uno al otro. Esa reflexión del baile me llevó a recordar que todos nos relacionamos, y en esas relaciones en las que de alguna manera nos apoyamos, cuidamos y ayudamos, muchas veces nos pisamos el uno al otro.

Nuestro tejido social funciona en base a la convivencia y a ese bailar, aunque nos pisemos y nos lastimemos. Pero muchas veces, este dejarnos pisar se vuelve una constante en nuestra vida.

Muchas veces nos acostumbramos a un baile, en el que sacrificamos la música y las canciones que nos gustan… y de la mano descuidamos nuestros deseos e intereses, por estar más pendiente de lo que le gusta al otro. Adoptamos la condición de ser salvadores, creando un lazo de excesiva dependencia, que en vez de convertirse en un baile hermoso, se convierte en una danza sumamente tóxica para ambas partes.

La necesidad de ayudar a otros es siempre buena, el altruismo es indiscutiblemente un acto genuino del amor. Lo que es necesario recordar es que no es sano perdernos en esa capacidad de dar, y entregar desestimando lo que lo propio requiere y necesita.

El complejo del salvador, es considerado hoy en día una condición psicológica que nos lleva a actuar de manera extrema. No sólo sucede en la pareja, sucede en todas las relaciones. Esto se genera cuando dentro de esa entrega, se crea una relación de codependencia en la que la otra persona piensa que no puede vivir sin él o sin ella. Esa entrega desmedida se vuelve tóxica, cuando uno da más que el otro, y se crea un círculo vicioso de que yo tengo que hacerme cargo de ti y hacerte feliz.

Ese “Sin mi no puedes vivir”… “Yo te salvo y te rescato”… “Yo siempre estoy…”.
Todos somos humanos.
Todos nos pisamos.
Todos nos equivocamos y no siempre sabemos leer las necesidades del otro.
No siempre estamos. Y eso es real.
Nadie es un súper héroe ni nadie es mejor que el otro.
Todos vamos en este camino del andar, buscando superarnos y aprender.
Lo que está mal es esperar que el otro llene esos huecos de mi o creer que yo puedo llenarlos. Creer que yo soy más y yo doy más, es lo que hace que se vuelva tóxico.
Cada uno tiene que aprender a llenar ese vaso y esos huecos de amor propio, no esperar que el otro me salve y venga a salvarme de sea cual sea la situación.

Una persona con complejo de salvador es aquella que siente el impulso constante de salvar a otros. El síndrome del salvador es tan común que prácticamente puede encontrarse a uno en cada familia.

Eres tú…
Si asumes la responsabilidad del bienestar de los demás

Si sientes que tienes la fuerza y experiencia para resolver todos los problemas del otro.
Eres tu si sentiste de niño que tenias que cuidar y cargar porque eso te tocaba.

 

Hoy de adulto te digo que lo único que te toca es hacerte cargo de ti.
Pero… ¿Cómo puedo evitar caer en este complejo y tener relaciones más sanas?
Recuerda que sólo eres responsable de ti mismo. Tú eres quien ha de tomar las riendas de tu vida y hacerte cargo de tus emociones y de tus acciones.
No estás obligado a salvar a nadie, y por consecuente nadie viene a salvarte a ti.
Aprende a escucharte. Aprende a decir NO si es algo que te dice tu alma. Aprende a abrazar esa incomodidad que se genera en ti cuando tu alma te dice que te muevas de lugar. Escúchate. Eso también es poner límites.
Ayuda, pero no permitas que eso se vuelva una carga.
No cargues con eso que no es tuyo.
Pon tu felicidad como prioridad. Deja de sentirte mal por decir SI a tu bienestar. Eso no es ser egoísta, eso es amor propio.
Realiza el ejercicio de pedir ayuda. Por lo general, cuando eres “salvador” te cuesta recibir. Busca abrir ese puente en el dar y recibir. Aprende a agradecer y a recibir ya sea felicitaciones, halagos y regalos.
Sigue ayudando, acompañando a otros a encontrarse y a ayudarse. Pero con esa certeza de que tu sólo acompañas, no está en ti resolver la vida del otro. Suelta la arrogante idea de pensar que necesita de ti y que tu tienes las respuestas que el otro necesita.

Sólo podemos dejar de ser salvadores y querer ser salvados cuando comprendemos que no venimos a llenar a nadie y que nadie puede llenarnos a nosotros mismos.
Examínate y recuerda que sólo tú eres responsable de tu propia felicidad y de esa manera podrás crear y generar mayores relaciones de bienestar.
Ama, pero no te olvides de ti.
Entrega, pero aprende a decir y expresar lo que te incomoda.
Busca ese equilibrio aprendiendo a dar y recibir.
Y lograrás vivir ese equilibrio amoroso en tus relaciones y generar esa danza sana que te llene de amor, de risas y de gozo… sabiendo decir “me estás pisando” o “cambiemos la canción.”

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