En las últimas décadas del primer milenio, cuando ya los pueblos vikingos se habían unificado en un gran reino, bajo el liderazgo del noruego Olaf, se consolidó la gran evangelización en el norte de Europa. Los vikingos llegaban a una aldea, la saqueaban, destruían y “convertían” al cristianismo a los que quedaban, y si se negaban, pues ya no quedaban. Y así, aldea tras aldea.
Los vikingos fueron muy efectivos en eso de convertir al cristianismo a los aldeanos nórdicos, galos y escandinavos. La receta fue muy simple, o crees en Cristo o te mueres. Sí, mataban a todos los que se negaban a besar la cruz.
Han pasado más de mil años desde que esa agresiva, muy violenta, forma de imponer una línea de pensamiento, o de creencia, arrasaba con todo a su paso, pero aún en nuestros días, y toda proporción guardada, se ejerce en los terrenos político y económico. Sí, en pleno 2020 hay quién gobierna al estilo vikingo, del estás conmigo o contra mí; del si no besas la cruz de la 4T, pues te aniquilo.
Ya lo había advertido Porfirio Muñoz Ledo a propósito de la eliminación a rajatabla de 109 fideicomisos. Al estilo vikingo, la 4T optó por amputarlos de la vida pública, en lugar de analizar, adelgazar y vigilar el correcto uso de los recursos.
Y también lo hizo el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Carlos Salazar Lomelí, quien advirtió otro ejemplo de este estilo vikingo: reclamó, respecto a la iniciativa de AMLO de eliminar la práctica de la subcontratación, que la 4T, en vez de quitar las manzanas podridas, tala los árboles y nos quedamos sin nada.
Así, arrasar, destruir y luego convertir a los pocos que quedan en pie, y si se niegan, pues a eliminarlos, a reducirlos y exhibirlos como conservadores corruptos.
Caray, según esto México es un país con leyes y estas marcan límites al ejercicio del poder. Y con el cambio muchos pensamos que los tradicionales excesos, abusos y omisiones de los gobernantes que desde siempre se pasan por el arco del triunfo esas leyes que juran respetar, habrían de terminar.
Desafortunadamente, el Presidente no los ve así y da ejemplo cotidiano de ello, y en su círculo cercano, a los que les tendría algún respeto, por las evidencias, nadie se atreve a señalárselo.
Pues sí, más de mil años después, los aspectos fundamentales del estilo de gobernar de Olaf siguen vigentes, desgraciadamente.
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