Hace 28 años, tal como lo escribí en la sección El Ángel, de nuestro periódico, tuve el privilegio de pasar un fin de semana en compañía del actor francés Alain Delon, quien muriera a los 88 años el pasado domingo en la madrugada.
Mi encuentro con el actor de Il Gattopardo en Huatulco, Oaxaca, se debió al rodaje de la película El Día y la Noche, del filósofo Bernard Henri-Lévy, en cuyo guion se mencionaba la irrupción de los zapatistas en Chiapas.
Fue el sábado en la noche durante una cena que ofrecía Jorge Alberto Lozoya, con todo el grupo de artistas y el Embajador de Francia, cuando BHL me presentó a Alain Delon, lo único que se me ocurrió decirle fue: “me parece usted tan institucional y mítico, que es como si en estos momentos me presentaran al Arco del Triunfo o a la Torre Eiffel”. Me sonrió y me miró con sus ojos tan azules que casi desvanezco. Pero afortunadamente no me desmayé, (¿se imaginan qué tiempo perdido?) Nerviosísima, me puse entonces a platicar con el “Rocco” de mi juventud. Me contaba que hacía 20 años vino a México a filmar El Asesinato de Trotsky, me puse a observarlo con detenimiento. No obstante, sus 61 años, aún conservaba un aire juvenil. Sus líneas de expresión lo hacían verse más varonil y con más fuerza. No tenía canas. Sobre su tez tostada por el sol, sus ojos tenían un color violeta claro con destellos de aguamarina. Sin embargo, su mirada mostraba cierta tristeza. Sus manos eran preciosas, sin dejar de ser masculinas. Me pareció muy alto, delgado y de espalda ancha. Esa noche estaba vestido con una camisa de seda blanca, pantalón de lino y un blazer muy delgado azul marino. Alain Delon usaba anteojos de marca Alain Delon. Agua de colonia marca Alain Delon. Llevaba un reloj muy clásico de la marca Blancpain. Alrededor del cuello usaba una cadena delgada con una cruz griega y una medallita tibetana. Pero, tal vez, lo que más me llamó la atención fue su sencillez y sentido del humor. “¿Qué es México para usted?”, le pregunté. A lo que me contestó: “L’avenir”, es decir, “el futuro”. Lo miré desorientada y ya no quise darle mi punto de vista sobre “el mañana” de mi país. No quería deprimirlo. Más adelante en la conversación me dijo que estaba encantado de hacer la película al borde del mar. Me contó que había rentado una casa en Cuernavaca, en la calle de Nezahualcóyotl, a un lado de la catedral, y que se quedaría hasta que terminara el rodaje del filme, a finales de junio. Nos despedimos: “Au revoir Lupita, a demain a la plage”, me dijo con una sonrisa ado-ra-ble y haciéndome un guiño que no olvidaré jamás.
Al otro día, después de corroborar que en traje de baño ya no era, en absoluto, la joven que solía ser, y de una noche en blanco, pensando en ese momento que lo único que deseaba era despertar entre los brazos de quien había estado enamorada desde los 18 años, vi a Alain Delon en la playa. Completamente vestida, y antes de que me dijera algo, le comenté con una voz interesante, tipo de actriz dirigida por Godard: “¿Sabe usted, Alain? Yo soy de las que nado a las seis de la mañana. Me gusta hacerlo cuando todavía se encuentra la luna en el cielo. Después, prefiero caminar a lo largo de la playa y reflexionar sobre lo absurdo de la vida… Como usted mismo dice en el guion: ‘todo es tan relativo’”. Me miró divertido y me dijo que odiaba nadar desde que era niño. Decidimos pasearnos a la orilla del mar. Cerca de la una de la tarde me invitó a comer, no lo podía creer. Durante la comida hablamos de Gabriel Figueroa, de Dolores del Río, de la belleza de María Félix. Me dijo que esos personajes pertenecían a su generación. “¡¡¡Para nada!!!”, exclamé. “Usted no pertenece a ninguna generación. Ha existido desde siempre. Usted es eterno”. Mientras tomábamos más cócteles Margarita, brindamos por Chiapas, por Trotsky, por la primera vez que lo vi en la película Rocco y sus Hermanos, de Visconti, por sus dos hijos chiquitos, por Danielle Mitterrand, tan interesada en ayudar al subcomandante Marcos, y ya no me acuerdo por quién más brindamos. Ha de haber sido por nuestras respectivas nostalgias… y por los encuentros que sin saberlo nos depara el destino…
Después de pasar por mi maleta a la habitación, Alain me acompañó al taxi. Nos dijimos adiós, como si selláramos una asignatura pendiente, y yo me fui al aeropuerto con un nudo en la garganta.
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