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AMLO divide y desfonda al PRI

Por Salvador García Soto

Hace 3 meses

Si como dice el dicho “para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo”, el presidente López Obrador se ha propuesto sin duda acabar y desfondar a su partido original, el PRI, y parece que lo está logrando. Si en las elecciones presidenciales de 2018 comenzó una estrategia para cooptar y robarse a las bases y a los cuadros de tierra del PRI en estados y municipios, con lo que les robó millones de votantes y estructuras clientelares que se pasaron a Morena, ahora el Presidente quiere romper, dividir y confrontar a las cúpulas priistas y lo hace cooptando y comprando con cargos y embajadas a la columna vertebral de la vieja maquinaria priista: los gobernadores.

Las invitaciones del Presidente a exmandatarios del PRI en los estados, para que se vayan de cónsules o embajadores al extranjero, cumplen un doble propósito: por un lado pagan la docilidad y sumisión con la que esos gobernadores dejaron avanzar la ola morenista en los estados —donde si bien no entregaron la plaza porque ya estaba perdida; sí se rindieron antes de tiempo y facilitaron así el avance del partido oficial—, y como segundo, objetivo, logran ahondar no sólo la división ya existente en el priismo, sino también la percepción de que ese partido se está desfondando y que sus dirigentes y líderes apoyan a su Gobierno. Y al debilitar al PRI también debilita el efecto de su alianza con el PAN y el PRD.

Los priistas de la cúpula están cayendo redonditos en el juego del Presidente. No sólo los que aceptan el exilio dorado de la diplomacia como pago político o dádiva generosa, sino también los que linchan a estos y los acusan de “traidores” cuando muchos de ellos no resistirían un cañonazo diplomático.

Más mesurado, pero también directo en sus acusaciones de “traición” a los nuevos embajadores y a la cónsul, el líder priista en el Senado, Miguel Ángel Osorio Chong, se metió a la polémica también desde su Twitter: “Hay priistas muy comprometidos que trabajan para que otros tengan la oportunidad de llegar a un espacio público; por ello, los priistas no deben aceptar cargos de gobiernos de una extracción distinta y menos después de un resultado adverso, pues traicionan a la militancia”.

En los casi 33 años que tengo en el periodismo, habiendo cubierto durante mucho tiempo la fuente política y particularmente la del PRI nacional, no conocí a ningún priista que fuera ingenuo, si acaso a algunos bien intencionados, otros perversos, pero la mayoría de ellos colmilludos y avezados en la política. Por eso, está claro que, al seguirle el juego a López Obrador, que claramente se ha propuesto enterrar al viejo partido en el que se formó políticamente, para dar paso a un nuevo partido de Estado, ahora en su versión de Morena, los integrantes de la cúpula tricolor son muy conscientes del efecto que esto tendrá en el futuro, cada vez más incierto, de su instituto político.

Para que lo nuevo nazca, lo viejo debe terminar de morir, porque mientras eso no sucede hay un claroscuro, decía Gramsci. Y si algo se ha propuesto Andrés Manuel López Obrador, en su afán primordial de buscar la trascendencia histórica, es terminar de enterrar al viejo sistema para instaurar su propia versión de un nuevo sistema político que gobierne por décadas, aunque claramente su sistema tenga fuertes reminiscencias de su pasado priista.

Alguna vez dijimos en esta columna que los priistas estaban en la encrucijada de sobrevivir y levantar a su partido político de la mínima expresión a la que fueron reducidos desde 2018 y en estos primeros tres años del sexenio o se alineaban al proyecto de un hombre con el que además tienen afinidades y hasta cierta admiración política. Hoy, con los coqueteos priistas a favor de la Reforma Eléctrica, con la fila que se forma para aceptar un “hueso” diplomático o del que sea y, sobre todo con su profunda división interna y su incapacidad de resolverla, parece claro que los priistas ya se definieron… Los dados mandan Doble Escalera. La semana se compone.

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