Saltillo

Publicado el domingo, 6 de septiembre del 2026 a las 04:00
SEGUNDA PARTE
El modelo de Enrique C. Rébsamen en 3 puntos:
1. Aprender haciendo.
La teoría sin práctica no sirve. Por eso creó las escuelas primarias anexas a la Normal. El alumno normalista observa, da clase real y luego reflexiona.
2. Método objetivo y experimental.
Enseñar no es dictar de memoria, es partir de lo cercano a lo lejano, de lo concreto a lo abstracto, de lo simple a lo complejo. Observar, experimentar y luego deducir la regla. Influencia directa de Pestalozzi y Froebel.
3. Maestro integral y laico
El maestro es un profesional de Estado, no un improvisado. Debe dominar cultura general, ciencia, arte, moral cívica y pedagogía. La educación es para formar ciudadanos libres, no sólo lectores.

La memoria institucional y el olvido cotidiano.
En el anecdotario de la Benemérita Escuela Normal de Coahuila se cuenta que, en cierta ocasión, un profesor cruzaba el vestíbulo del plantel cuando se encontró, de manera fortuita, con el recién nombrado director.
Aún en proceso de conocer la historia de la institución, este último, con desenfado, señaló con el brazo una placa de bronce colocada en uno de los muros del amplio recibidor –visiblemente deteriorada por el paso del tiempo– y preguntó:
“ ¿Quién fue?
La placa estaba dedicada a la profesora Severa Euresti Castañeda. La respuesta fue tan breve como elocuente: un encogimiento de hombros acompañado de un seco:
“ No sé
Fue una mujer –saltillense– excepcional, para el Saltillo de las postrimerías del siglo 20 con una significativa población analfabeta, en relación con su número de habitantes y extensión de la mancha urbana. Que supo combinar el interés por las ciencias exactas y cultivar la sensibilidad en la poesía inglesa y literatura francesa. Binomio –formativo– difícil de alcanzar, y más para una estudiante en el México porfirista y misógino.
Antes de que se estableciera la BENC en 1894, misioneros protestantes estadunidenses –bautistas, presbiterianos y metodistas– habían organizado escuelas normales para mujeres en Saltillo. La reforma juarista permitió la diversificación de credos religiosos en el país, y el presidente Díaz abría la “puerta” a las inversiones y sectores económicos extranjeros –energía, comunicaciones e industria textil– que llegaron aparejadas de nuevas ideas religiosas y filosóficas diferentes a las importadas de la corona española.

Del grupo de misioneros que arribaron a Saltillo en el siglo 19, sobresalen dos por su amplia formación académica: Guillermo D. Powel y Leila Roberts. El primero organizó el Instituto Madero (1884), y la dama el Colegio Inglés (1887) –que a la postre se convirtió en el Roberts–. De los presbiterianos y metodistas aprendió las primeras lecciones de pedagogía y dos lenguas extranjeras: inglés y francés.
En 1892 obtuvo el título de profesora de la Normal Presbiteriana, siendo una de las primeras mujeres en Coahuila en lograrlo. Su formación magisterial la complementó de forma autodidacta. Fue traductora de documentos –literarios– del francés al español, compuso arreglos de música sacra –cristiana– para coros de iglesias, escribió poesía, y se interesó también por la cosmografía y matemáticas.
Recién egresada de la Normal, apoya a las normales protestantes en la impartición de las asignaturas de: literatura, matemáticas, idiomas, ética, entre otras. Se traslada a la Ciudad de México para continuar con su carrera magisterial, después de algunos años regresa a Saltillo, por una invitación que recibe de la Preparatoria de Varones de Campo Redondo, institución de inspiración bautista –que se localizó en los terrenos que hoy ocupa la UAdeC, al oriente de la ciudad.
En 1915 se incorpora a la planta de maestros de la BENC, que fue la época de mayor productividad en su trabajo docente.

Un docente con esta doble formación: planificaba clases estructuradas; mantenía disciplina; fomentaba valores; promovía respeto y desarrollaba carácter. En conclusión, no sólo enseñaba materias: formaba ciudadanos.
El modelo educativo que predominó en las escuelas oficiales antes del estallido de la Revolución Mexicana, concebía al profesor como el agente central en la transmisión del conocimiento, encargado de formar las mentes de los jóvenes normalistas. Su labor se articulaba en torno a tres ejes fundamentales en cada tema: qué enseñar, cómo hacerlo y para qué. En este último aspecto, la profesora Euresti puso especial énfasis a la estructura pedagógica vigente, añadió una dimensión formativa basada en principios y valores de inspiración bíblica, subrayando la importancia de la congruencia entre lo que se cree, lo que se enseña y lo que se vive.
Así, la tarea cotidiana de la profesora Euresti se convirtió en un acto de coherencia espiritual y pedagógica. Cada lección era también una invitación a la integridad, a la unión entre pensamiento y acción, entre palabra y vida. En un tiempo en que la educación mexicana se debatía entre la tradición y la modernidad, su magisterio ofreció un puente: el de una formación que no renunciaba a la ciencia, pero que encontraba en la fe y en los valores un horizonte de sentido.
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