Se han realizado diversos reconocimientos –y con justa causa– a la mayor parte de los trabajadores de la salud, a los de las fuerzas del orden y hasta a los que pertenecen al sector empresarial denominado como “esencial” (productores de alimentos, medicinas y limpiadores), pero no hay ni un aplauso para los que por causa de este virus se han ido. Para los que se irán. Las víctimas del Covid-19, para ellos no hay nada.
A las personas que por desgracia fueron alcanzadas por este virus asesino nacido en Wuhan (China), solo se les permite salir por la puerta de atrás. Sin velatorio, sin pésames, sin entierros populares, es más, sin haber podido tener compañía en su agonía final. Los que nos quedamos poco hacemos para aminorar ese adiós desigual, y cuando mucho, nos detenemos brevemente a decir adiós, sin recordar todo lo bueno que hicieron en vida esas personas.
Y es que, a pesar de lo alarmante de nuestra realidad, seguimos pensando que la vida sigue con la acostumbrada normalidad y que esta pandemia no es más que otra dificultad por sortear, que ya vendrán tiempos mejores, que nos quedaremos los fuertes, que solo es cosa de esperar. Es decir, que nos negamos a reconocer que la vida ha dejado de ser ese telar de cosas razonables, ese vaivén de imprevistos pero con sus certezas. Eso era hasta ahora la vida.
Creo que nos falta reconocer que aquello que llamamos realidad, ya saltó por los aires por culpa de un virus llamado Covid-19, que comenzó a matar por dentro a mujeres y hombres a una velocidad degenerada, trayendo desconcierto y haciendo realidad nuestros más grandes miedos. La sirena de la pandemia lo advirtió y casi nadie hizo caso. Un agente invisible y letal convirtió al cuerpo humano en un botín.
Así que dejemos de ser insensibles, y lejos de culpar a los contagiados, reconozcamos siempre que cada mujer y cada hombre que mata el Covid-19, deja en nosotros una historia que merece ser contada.
Jóvenes y viejos, obreros o profesionistas, decentes y corruptos, pobres o ricos, sanos y enfermos. Esto no es un juego de valores, sino la crónica de muchas existencias paradas en seco por un asesino al que no supimos ver llegar, y que confinó a muchos hermanos al infortunio de pasar por una muerte tan dolorosa, que por ningún motivo merecían.
Mientras luchamos, los que seguimos sanos debemos conjurarnos con las víctimas. De las lágrimas y del dolor debe brotar la fuerza. Una corriente de empatía entre los afortunados que seguimos en pie. Rindamos pues, homenajes diarios a ellas y a ellos. No a los números, como hacen los noticieros, sino a los seres.
Los números están vacíos; los muertos, sin embargo, están llenos de cosas por decir. Acumulan un pasado y eso da algo más que una apariencia externa, eso delata una vida. Sus nombres, sus edades, su tos, su cumpleaños, sus ausencias, sus pulmones precarios, sus amores, el último denario de su sangre, su forma intransferible de reír, también la tristeza al quedarse a la intemperie de repente. Por desgracia, estoy seguro que usted conoció a uno de ellos. ¡Sirva a ellos este personal homenaje!
Más sobre esta sección Más en Coahuila