Por: Roberto Gómez Junco
El Torneo de Apertura 2025 inició como suelen hacerlo los torneos en México, con un partido pospuesto.
Por obra y gracia de los previsores dirigentes tapatíos, la presentación de las Chivas y de los Tigres quedó pendiente para la segunda jornada, con cada uno enfrentando a su respectivo adversario.
En los ocho partidos que sí se jugaron en la jornada inicial, el Atlas y el San Luis fueron sorpresivamente los únicos visitantes que ganaron. O sea, con el Puebla y el León como los únicos que perdieron como locales.
En su cancha, los Xolos obtuvieron un discreto triunfo sobre el débil Querétaro, y se produjeron también las convincentes victorias del Santos Laguna y el Toluca como anfitriones, ante los lastimosos Pumas y el impredecible Necaxa, respectivamente.
El Toluca, por cierto, como flamante campeón del Clausura 2025 y ya apuntado entre los principales candidatos a obtener el título en éste Apertura. Y eso que debería ser lo normal, iniciar el torneo exhibiendo gran parte del futbol que en el anterior lo llevó a coronarse, se aplaude porque no lo es tanto, en un ámbito tan acostumbrado a los altibajos y los vaivenes, a las inconsistencias e irregularidades.
Porque en la primera jornada se ofrecieron, además, las agridulces y más o menos decepcionantes actuaciones del Cruz Azul y del América, igualados respectivamente por el modesto Mazatlán y por los ascendentes Bravos.
Y como broche que para nada fue de oro, la presentación de unos Rayados de Monterrey que después de su magnífico papel en el Mundial de Clubes fueron aplastados por el Pachuca, precisamente el otro equipo mexicano que asistió a ese torneo con un saldo muy distinto, apenas aceptable.
Un arranque “normal” del Torneo de Apertura 2025, porque a ese grado se ha normalizado la inconsistencia en el desempeño de los equipos en el peculiar futbol mexicano.
Un mal endémico en nuestro balompié de altos vuelos. Equipos que, de un torneo a otro, de un partido a otro, exhiben caras diametralmente opuestas. Equipos que suelen transitar de la brillantez de su juego a la pobreza del mismo. A veces, incluso, dentro de un mismo partido.
Algo que tal vez tenga que ver a veces con las malas planificaciones de los correspondientes dirigentes y directores técnicos, pero, sobre todo, casi siempre, con la deficiente cultura deportiva de los futbolistas, que lleva a la mayoría de ellos a rendir a ratos, con intermitencias, “cuando amanecen de buenas”, y a no entender a cabalidad la importancia de empeñarse en defender e incrementar el propio prestigio en cada partido jugado y con cada balón tocado.
Cosas, por desgracia y desde siempre, inherentes a nuestro futbol.
A ver hasta cuándo.
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