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Por Columnista Invitado

Hace 11 meses

POR: JORGE VOLPI

 

Un energúmeno gobierna la mayor potencia del planeta. Y, frente a sus desplantes y amenazas, las demás naciones no tienen más remedio que plegarse a sus dictados.

Este es el brutal escenario en el que nos hallamos: frente a los largos intentos por establecer un marco de relaciones internacionales más o menos civilizado –en donde los países más poderosos negocian en vez de sobajar a los más débiles– entramos de nuevo en la era del big stick, donde impera de nuevo la ley del más fuerte.

Ello no quiere decir que, hasta ahora, Estados Unidos no se haya salido casi siempre con la suya, sino que las necesarias ideas de soberanía, cooperación o respeto se desvanecen y sólo quedan la sumisión y el miedo: dos elementos que vuelven el futuro más oscuro e impredecible, incluso para Washington.

Resulta alarmante –aunque Trump, como antes Hi-tler, Stalin o Mussolini, es experto en invertir los valores de nuestro tiempo– que su repentina furia no se dirija contra los enemigos tradicionales de su hegemonía –Rusia, Irán o China– sino hacia sus principales socios: Canadá y, por supuesto, México.

Como si hubiéramos retrocedido dos siglos, el Presidente estadunidense nos ha vuelto a colocar como el mayor peligro para su país a partir de una pura ficción racista.

Al compartir una enorme frontera, con la que se halla obsesionado, somos la puerta de entrada de una población que desprecia íntimamente. Es necesario repetirlo una y otra vez: toda la agenda exterior de Trump se basa en su odio hacia lo latinoamericano, cuya presencia o relevancia querría extirpar por completo de la sociedad estadunidense.

El que numerosos hispanos hayan votado por él o el que haya nombrado a uno de ellos –Marco Rubio, el azote de los suyos– como responsable de su política exterior no altera en absoluto su misión: los líderes racistas del pasado siempre se valieron de personajes y maniobras semejantes para disimular sus verdaderas intenciones.

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, un líder democráticamente elegido no tiene empacho en dividir a los seres humanos en dos categorías separadas o, más bien, en arrinconar a millones en una segunda clase global que no merece los mismos derechos y oportunidades de los suyos: personas –sí, personas– que, por el solo hecho de haber nacido en otra parte, son inmediatamente categorizadas como criminales, como declaró su vocera hace apenas unos días.

Sin un solo dato que confirme sus afirmaciones, Trump ha calificado a los inmigrantes sin papeles como asesinos, violadores o dementes, los ha llamado animales y, más recientemente, basura.

Su objetivo no sólo es expulsarlos, sino arrebatarles toda condición humana; su pretensión de eliminar el jus soli para sus hijos o el que haga redadas contra ellos y, sin esperar un juicio justo, los hacine en aviones –en el pasado fueron ominosos trenes, igual de opacos– donde viajan esposados aun sin haber sido condenados por ningún delito, y los devuelva sin más a sus países de origen son medidas que reviven las prácticas eugenésicas del pasado.

No es casual que ahora se plantee confinarlos en Guantánamo, ese atroz limbo identificado con la tortura. Para él son patógenos, no distintos de los terroristas, que no deben contaminar con sus cuerpos –o sus genes– a esa America que pretende ser great again.

Y, mientras tanto, el resto del mundo observa con pasmo cada una de estas atrocidades. Nadie o casi nadie se atreve a enfrentar a Trump y, cuando ocurre –como hizo Petro– sólo es para recular de inmediato y ser ridiculizado por su estúpida osadía.

En efecto, frente a la brutalidad de un déspota con tanto poder las naciones bajo amenaza no tienen muchos recursos. A Claudia Sheinbaum no le queda otra salida que la templanza, en tanto México recibe sin rechistar –y, sobre todo, sin darle ninguna visibilidad– numerosos vuelos con mexicanos que han debido abandonar todo lo que han construido en Estados Unidos.

Pero, si el Gobierno se ve obligado a no escalar el conflicto, a los ciudadanos nos corresponde señalar sin ambages la catástrofe humanitaria que ya estamos sufriendo: no hay lugar para el silencio cómplice.

 

 

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