Arte

Publicado el sábado, 13 de diciembre del 2025 a las 04:03
Ciudad de México.- Pablo Ortiz Monasterio busca las huellas de Tenochtitlan con la curiosidad de un arqueólogo, sólo que su herramienta no es una pala, sino una cámara.
Durante la Conquista, los españoles arrasaron con aquello que no comprendían, pero la cultura no se extinguió, como se hace patente en las imágenes que el fotógrafo reúne en Tenochtitlan, libro publicado por RM con prólogo del escritor Álvaro Enrigue.
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Durante tres siglos hubo un propósito de desaparecer esa cultura, y mi tesis es que las culturas no desaparecen: emergen como la humedad en los muros”, dice.
Su libro comprueba esta premisa. Retrata atuendos, alimentos, gráfica popular, objetos y rituales, entre otras expresiones en las que resuena el legado prehispánico que surge en pleno siglo 21, como el tzompantli de la calle Guatemala, también fotografiado por Ortiz Monasterio.
El libro de la historiadora estadunidense Bárbara Mundy La Muerte de Tenochtitlan, la Vida en la Ciudad de México detonó el proyecto durante la pandemia, relata.
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Es un estudio muy preciso que indica exactamente hasta dónde llegaba el islote en el siglo 16. Más o menos de Tlaxcoaque hacia el Zócalo por 20 de noviembre y hasta Tlatelolco en su zona más grande. Entonces, dije: ‘Es el territorio que voy a documentar’”.
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Y la intención es hoy, a 700 años de la fundación de Tenochtitlan y a poco más de 500 años de la Conquista, mostrar el estado de las cosas: ¿qué hay?, ¿cómo se vive?”.
El libro de Ortiz Monasterio apuesta por la construcción de sentido en temas como el agua, porque esta permitió a los mexicas establecer su ciudad. Por ello integra imágenes de Chapultepec –cuyos manantiales abastecieron Tenochtitlan–, pero también la efigie en bronce –grafiteada– de un indígena en su canoa, o la fotografía en perspectiva de la calle República de Perú, la única calle curva del Centro Histórico capitalino.
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Todas las demás”, contrasta, “son de traza Novohispana recta. ¿Por qué esta calle es curva? Porque ahí había un canal que dividía Tlatelolco de Tenochtitlán, y está la traza de ese canal. Quiero aludir, aunque sea lejanamente, a esa ciudad lacustre”, explica el autor.
El diálogo entre imágenes afianza la construcción de sentido que se ha propuesto. Es el caso de una mujer con atavíos prehispánicos pintada en la barda de un taller mecánico. Su postura es semejante a la de Tlaltecuhtli, diosa devoradora paridora mexica, divinidad de la Tierra. Y Ortiz coloca una frente a otra.
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La mujer del muro comparte un poco de su anatomía para explicar a Tlaltecuhtli y esta le comparte toda esta grandeza. Me interesa cómo lo prehispánico se expresa a nivel de calle. Hay una voluntad de engarzar para construir sentido, de relacionar para hacerlo más comprensible”, señala.
Los tres capítulos del libro –Tenochtitlan, Virreinato y Cuerpos presentes– tienen, entre otros hilos conductores, la presencia de figuras: sagradas, como las mexicas o las católicas; paganas, como la santa muerte; artificiales, como los maniquíes; y humanas, como los transeúntes que llevan los tatuajes de su historia en la piel.
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Este libro tiene la voluntad de dar cuenta de las distintas capas que nos constituyen”, enfatiza.
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