Estamos a horas de que termine este año maldito; este año que prácticamente todos los días puso a prueba nuestra capacidad de adaptación a escenarios hostiles, que puso a prueba nuestra capacidad de sobrevivencia.
Y en el fondo hay algo que celebrar: que estamos aquí, encarando con esperanza al 2021, pese a todos los problemas económicos, los riesgos sanitarios y los conflictos personales, familiares e incluso sociales, derivados de esta “nueva normalidad”, que impuso la pandemia y que tiene harto a medio mundo.
Sí, hay que celebrar el haber sobrevivido este año marcado por un virus voraz, sediento de víctimas; haber sobrevivido a la crisis derivada de la cuarentena y la errática reactivación del andamiaje económico.
Hay que celebrar el haber sobrevivido a la indolencia e irresponsabilidad de muchos, muchos de los que nos rodean y, especialmente, de llegar hasta aquí, pese a todas las dificultades en el terreno educativo, familiar y social.
Se vale alimentar la esperanza de que el 2021 sea un mucho mejor año, y lo será en la medida de que entendamos y actuemos en consecuencia; que seguimos en medio de un campo minado, y que lo estaremos por varios meses más, y, por lo tanto, que hay que ser mucho muy cuidadosos en cada paso que demos y, obviamente, como indispensable, mantener con rigor las medidas de autoprotección, especialmente la sana distancia, aunque nos duela, aunque ya estemos hartos.
Hay que aguantar. Hay que seguir en la lucha, que esto que tanto odiamos aún no termina.
El contexto nos obliga a mantener el esfuerzo, al menos durante seis meses más, y podemos hacerlo. Somos sobrevivientes y la prueba máxima de ello es que estamos hoy aquí.
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