El lugar, la hora y el clima eran el escenario perfecto para una tragedia de Shakespeare. Fue de noche, dicen unos; según otros, serían como las tres de la madrugada. Llovía. Las ráfagas de lluvia tamborileaban sobre los techos de palma de las chozas y formaban pequeños arroyos en el barrizal en que se había convertido la tierra. Aferrado a uno de los costados de la cañada de la sierra, el miserable caserío dormía azotado por el chubasco. De pronto, el silencio lo rompió brutalmente el chasquido de las detonaciones. Afuera de una de las chozas, el fulgor rojizo de los disparos rasgó la oscuridad. Se escucharon gritos destemplados. Se oyó un “¡Muera Carranza!”, que otras voces corearon con un obsceno rosario de insultos.
Dentro de la choza de paredes levantadas con varas y lodo, acribillado por las balas, un hombre agonizaba. Su respiración se había convertido en estertor entrecortado. Sobre el piso de tierra mal cubierto por una cobija, el Presidente de la República dejaba la vida.
Ocurrió hace 100 años. El Rey Viejo, como lo llama Fernando Benítez en su novela, moría abandonado por quienes apenas hacía poco se decían sus amigos. La ambición envenena voluntades y borra hasta el último rasgo de agradecimiento y de lealtad. La antigua fórmula de “El rey ha muerto. ¡Viva el rey!” salía de las bocas innobles de hombres cuyas manos estaban manchadas de sangre.
Don Venustiano Carranza Garza expiró muy lejos de los anchos y soleados horizontes de su natal Cuatro Ciénegas, Coahuila. Pero lo hizo sin perder la serenidad y el valor que marcaron todos los episodios de su existencia. A otros pertenecía el futuro; él dejaba tras de sí una historia de patriótica dignidad que no flaqueó nunca ni al enfrentar retos que de antemano parecían perdidos.
En una república enmudecida por el estupor y el miedo, su voz fue la única que se alzó después de que Victoriano Huerta consumara el golpe de Estado, autoproclamándose presidente de la República en el ya lejano febrero de 1913. Con un puñado de hombres que le seguían se atrevió a desafiar al magnicida, quien tenía a sus órdenes un ejército de miles de hombres dotados con poderosa maquinaria de guerra.
Entonces todo parecía estar en su contra, pero enarbolando la bandera de la ley sumó voluntades y la hizo triunfar. Tampoco eludió el desafío de la División del Norte comandada por Francisco Villa. Cualquier otro hubiera aprovechado su estancia en Veracruz para subir a un barco e ir a refugiarse en la seguridad del exilio. Él no. Él era un hombre hecho de otra pasta. Imperturbable, sin dudar un momento, aceptó el reto y le borró el adjetivo de invencible al ejército de Pancho Villa.
Hoy, a 100 años de su muerte, las condiciones no han sido propicias para organizar más que merecidas conmemoraciones multitudinarias, porque su legado sigue vivo hasta nuestros días. Basta pensar qué hubiera sido la Revolución Mexicana si don Venustiano no le da rumbo y sustento ideológico y político con la Constitución de 1917. Sin la Carta Magna la recordaríamos como una confusa masacre de mexicanos matándose entre ellos.
Hoy añoramos el patriotismo del Rey Viejo que jamás cedió ante las amenazas de Estados Unidos y la Gran Bretaña, pensando antes que nada y solamente en México.
Hace 100 años, en Tlaxcalantongo, la traición acabó con la vida de un ser humano. Fue aquel un crimen inútil, pues sigue vivo, hoy más vivo que nunca, el legado y el recuerdo de la víctima.
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