“Existe una correlación positiva entre la actitud hacia el perdón y el volumen de materia gris en la corteza prefrontal dorsolateral, lo que facilita procesos como la mentalización, la reflexión, la comprensión o la empatía”.
La historia de Tim Guenard en su libro Más Fuerte que el Odio, ha sido uno de mis más grandes maestros en el tema del perdón. Tim no sólo comparte una historia terrorífica de dolor. Tim fue un niño con el corazón y el rostro destrozados. A los 3 años, su madre le ató a un poste de la electricidad y lo abandonó en medio del bosque. A los 5, su padre le dio una brutal paliza, que lo desfiguró. A los siete años, entró en un orfanato y sufrió el maltrato institucional, el desprecio, el aislamiento afectivo y terminó en el reformatorio. En un mundo gobernado por la humillación, su violencia se convirtió en su único orgullo; la venganza, en su única dignidad. Sólo el odio le mantuvo en pie. A los 12 años la fatalidad le arrastró a la fuga, al robo, a la pelea, a la violación y a la prostitución. Carne de cañón. Sin embargo, diversos factores determinantes de la resiliencia –el encuentro con algunas personas con las que estableció un fuerte vínculo afectivo, la sensibilidad artística y una innata capacidad de superación, el amor y el perdón, fueron su ancla para vivir en paz. Hoy es un padre de familia, entregado a su familia. El sustento que le liberó y le permitió vivir la vida que quería, fue el aprender a perdonar.
Todos tenemos una historia del perdón que hemos aprendido desde nuestra infancia. Muy probablemente fue una realidad impuesta, tal vez fue un mecanismo de acción inmediata ante la ofensa, o tal vez mi historia es una realidad de la cual nunca se habló en mi casa. La forma en la que mi núcleo familiar se relacionaba, fue mi primera escuela del perdón. Y esta historia aprendida en cierta forma, determina en gran manera la relación que tienes con el mismo.
Te has detenido a pensar… ¿Cuáles fueron tus primeras experiencias del perdón? ¿Qué se decía, quién pedía primero? La manera actual en la cuál vives respecto a esto, ¿te conecta a tus primeras experiencias de perdón?
El perdón tiene un efecto sumamente positivo en el cerebro. Reduce el estrés provocado por el rencor y la ira. Según Sabater, el perdón supone un cambio en el estado mental de una persona que decide por sí misma reducir emociones como el odio, la ira, o el rencor provocado por un acto injusto. Es un acto que implica una reformulación cognitiva (pensamientos), una adecuada regulación emocional y una tendencia mental a no situar la mirada en lo que sucedió.
Una investigación llevada en conjunto por las universidades de Pisa, de Roma y de Illinois, incide también en la relación entre la corteza prefrontal dorsolateral y el perdón. Esta corteza favorece la regulación emocional. También la favorecen procesos como la empatía, la regulación de la ira, del enfado y el rencor, así como todos los procesos asociados a la teoría de la mente, ya que estas activan las regiones parietales inferiores derechas del cerebro, así como la propia corteza prefrontal dorsolateral. Algo que conviene tener en cuenta sobre el ejercicio del perdón es que su finalidad no es olvidar lo ocurrido. Ejercer el perdón permite aprende a vivir con lo sucedido, reducir la angustia y, a su vez, orientar a la persona hacia el futuro y la esperanza.
Para poder comprender lo que realmente es el perdón, hemos de partir por lo que no es. Perdonar no es justificar una acción injustificable, tampoco es aceptar que estuvo bien lo que vivimos. Perdonar no es evitar las consecuencias, ni hacer como que no pasó nada y todo está bien. Perdonar no es olvidar.
Guenard decía… “El perdón no es una varita mágica. Existe un querer perdonar y un poder perdonar: a veces se quiere perdonar, pero no se puede. Cuando se puede, cuando por fin la cabeza y el corazón terminan poniéndose de acuerdo, queda el recuerdo, esas cosas dolorosas que suben a la superficie, que perturban y reavivan el odio. Es el perdón de la memoria. No es precisamente el más sencillo. Exige mucho tiempo”. (Más Fuerte que el Odio, p.281).
Cuando perdonamos, nos liberamos de estar en ese estado de no perdón. Del resentimiento, la ira, el rencor, y de que ellas tengan el control de nuestra vida, pues hoy por hoy somos capaces de recuperar nuestra energía. Date permiso de reconocer de qué forma fuiste herido, de identificar qué fue lo que perdiste con esa ofensa, de aceptar tus emociones, de elegir el amor y de perdonarte a ti. Recuerda que perdonar, y perdonarte, es un acto de valentía y de trabajo del corazón que no solamente puede calmar la paz de tu alma, sino tu bienestar en general. Como diría Guenard, “El hombre es libre de alterar por completo su destino para lo mejor o para lo peor”. Abre tu corazón y atraviesa esa herida. Sentirás esa paz y liberación del corazón. Y este es el regalo que te das a ti.
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