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Coahuila

¿Cómo motivar a los estudiantes a aprender?

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 2 meses

Una de las preguntas que con mayor frecuencia escucho de padres de familia y docentes es: ¿Cómo lograr que los jóvenes se interesen por aprender?

La respuesta no es sencilla, porque cada estudiante es distinto. Sin embargo, después de más de 26 años trabajando con adolescentes, he llegado a una conclusión que pocas veces aparece en los libros de pedagogía: Nadie aprende verdaderamente cuando pierde el sentido de lo que hace.

La motivación no nace de la obligación.

Nace del significado.

Durante mucho tiempo pensamos que la mejor manera de obtener buenos resultados era exigir más tareas, más exámenes o más horas de estudio. Si bien el esfuerzo sigue siendo indispensable, hoy sabemos que un estudiante aprende mejor cuando comprende por qué vale la pena aprender.

Los jóvenes necesitan encontrar propósito.

Cuando un alumno entiende que las matemáticas le ayudarán a resolver problemas, que la lectura ampliará su forma de pensar o que la historia le permitirá comprender el presente, el aprendizaje deja de ser una obligación para convertirse en una herramienta para la vida.

También debemos reconocer que las nuevas generaciones aprenden de manera diferente.

Crecieron rodeadas de tecnología, de contenidos audiovisuales y de información inmediata. Esto representa un desafío para las escuelas, pero también una oportunidad para innovar sin perder la esencia de la educación.

Motivar no significa entretener todo el tiempo.

Significa despertar la curiosidad.

Las mejores clases no siempre son aquellas donde el maestro habla durante una hora. Muchas veces son las que generan preguntas, provocan el diálogo y permiten que los estudiantes descubran respuestas por sí mismos.

He comprobado que un alumno interesado aprende mucho más que uno obligado.

Por eso el entusiasmo del docente sigue siendo un factor determinante. Ningún estudiante se apasionará por una materia si quien la imparte transmite indiferencia. En cambio, cuando un profesor disfruta enseñar, contagia ese interés casi de manera natural.

Pero la motivación tampoco depende únicamente de la escuela.

Las familias tienen una influencia enorme. Un padre que pregunta cómo estuvo el día, que celebra un esfuerzo más que una calificación o que reconoce los avances de sus hijos está fortaleciendo su autoestima y sus ganas de seguir aprendiendo.

Con demasiada frecuencia centramos nuestra atención en los errores.

Olvidamos reconocer los pequeños logros que representan enormes victorias para muchos jóvenes.

Un comentario positivo puede convertirse en el impulso que un estudiante necesitaba para no abandonar sus metas.

Como director de la Escuela de Bachilleres “Lic. Luis Donaldo Colosio Murrieta” de la Universidad Autónoma de Coahuila, he visto cómo alumnos que parecían desinteresados recuperan la confianza cuando alguien cree en ellos. En muchas ocasiones, lo único que necesitaban era sentirse capaces.

La motivación no siempre llega antes del esfuerzo.

Muchas veces aparece después del primer logro.

Por eso es tan importante ofrecer oportunidades para que los estudiantes experimenten el éxito, incluso en pequeños pasos. Cada objetivo alcanzado fortalece la confianza y alimenta el deseo de seguir aprendiendo.

La educación no puede limitarse a llenar cuadernos o memorizar contenidos.

Debe inspirar sueños, despertar talentos y ayudar a cada joven a descubrir aquello que lo hace único.

Después de tantos años en las aulas sigo convencido de que el mejor maestro no es quien obliga a aprender.

Es quien logra que sus alumnos quieran seguir aprendiendo aun cuando la clase haya terminado.

Porque cuando un estudiante descubre el placer de aprender, ha encontrado una herramienta que lo acompañará durante toda la vida.

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