A Raúl y a las Reginas que alumbran su universo
Los hombres del poder, incluso quienes son cola de león y no cabeza de ratón, aspiran a la trascendencia, pero demasiados pocos la consiguen. La gloria está reservada para las grandes almas, sin importar, como en el caso de Churchill, su afición al tabaco y a las bebidas espirituosas.
La suya es una histórica sucesión de éxitos y fracasos, de saber caer con dignidad y levantarse con decoro. La ejemplaridad no es un propósito, es el resultado de actos nobles, valerosos y aún de sacrificios. Quien siempre habla para la galería y busca agradar a todos es un farsante.
¿Qué político es popular sin presupuesto? La mayoría son olvidados tan pronto dejan el cargo. «El poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene», advertía Giulio Andreotti, quien, como buen romano, llevaba la política en la sangre. A quienes el incienso obnubila y les chupa el seso, Víctor Hugo les recuerda: «La popularidad es cera en calderilla». Pocos políticos he visto que sin poder sean los mismos; no caen en depresión, y la gente los respeta. Pero casi todos son ignorados y algunos, incluso, repudiados por canallas.
Desde mis inicios en las lides del periodismo simpatizo con quienes, en el mar traicionero de la política, y desde una posición de desventaja, nadan a contracorriente para cambiar el sistema. He fallado en mi propósito de observar la imparcialidad que el oficio impone cuando he advertido intenciones políticas aviesas y optado por quienes, considero, son mejores. La mayoría perdió, justamente, por serlo; y por rendirse a los venales, el estado paga un alto precio.
En la rueda de prensa de Juan Antonio García Villa, posterior a las elecciones de 1999, solo le acompañamos dos personas: su jefe de prensa, Fernando Gutiérrez, y yo. El tropel estaba con Enrique Martínez, quien, excepto por habernos heredado a los Moreira, fue un buen gobernante.
La fuente política la empecé a cubrir a mediados del gobierno de Eulalio Gutiérrez Treviño. Equivocadamente, su grupo político en La Laguna me ubicaba en la facción contraria donde, es cierto, tenía afectos que he conservado a lo largo de mi vida e incluso los extendí a gutierristas prominentes como Juan Abusaíd Ríos. Jamás he negado a mis amigos y en la desgracia, siempre he estado a su lado.
Cuando en 1975 estalló el escándalo por la deuda de 500 millones de pesos acumulada en el sexenio de don Eulalio, en Noticias de La Laguna escribí una columna donde destacaba los aciertos de la Administración y la decencia del exmandatario.
Humberto Gaona, amigo y excolaborador de Gutiérrez Treviño, me aconsejó enviarle el texto a su domicilio: “Le caerá bien al viejo”. Por respeto mutuo, no lo hice. Me identificó más con los hombres sin mando. Resultan más auténticos y comprenden mejor la condición humana.
El poder trastorna incluso a los más cuerdos. No se diga a los vanidosos y egotistas. Quizá fui uno de los últimos pocos amigos de Flores Tapia en visitarlo poco antes de morir.
La semana pasada me enteré de que Raúl Sifuentes, uno de los más influyentes secretarios de Gobierno (en el sexenio de Enrique Martínez), fue alcanzado por el coronavirus. En sus años de esplendor no éramos amigos e incluso fui uno de sus críticos.
Nuestro trato empezó fuera del poder. En las reuniones organizadas por su compadre Raúl Garza Serna, cuando aspiraba a la Gubernatura y yo asistía como el convidado de piedra, vi a políticos hacerle caravanas y poco después, rendirle culto a los Moreira. La base de los tres últimos gobiernos es sifuentista, no moreirista. A los enchufistas y al clan debemos la ruina del estado.
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