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Publicado el jueves, 3 de marzo del 2022 a las 04:10
Ciudad de México.- De un innegable origen común, las literaturas rusa y ucraniana se han bifurcado a través de los años por cuestiones ideológicas y estéticas, sin que por ello haya cesado el diálogo entre ellas.
Así, mientras la histórica tensión geopolítica suma nuevos capítulos bélicos, en el ámbito literario la disputa se ha librado, por ejemplo, con autores como Nikolái Gógol o Antón Chéjov, que ambos países reclaman como parte de sus letras, refiere en entrevista el traductor y editor Alfredo Hermosillo.
Sin embargo tales escritores se asumieron como parte de una misma nación: “Cuando nace Chéjov en Taganrog, que fue parte de Ucrania, ya es Rusia, y tanto ucranianos como rusos lo decían suyo”, dice el director de la Cátedra Nikolái Gógol de Literatura Rusa de la Universidad de Guadalajara.

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Gógol, en su primera etapa, que es la del período ucraniano –constituido por Las veladas de Dikanka y Mírgorod, publicado en mi traducción como El Carrito y Otros Cuentos Ucranianos–, narra la vida popular en Ucrania, escribe muchas palabras en ucraniano y recrea todo el folclor eslavo. Pero en ese momento Ucrania era parte del Imperio Ruso”.
Se le considera ruso, remarca, por el hecho de escribir en esa lengua. Como sucede con la Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, que es bielorrusa.
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Gógol, para mí, es tanto ucraniano como ruso, igual que Mijaíl Bulgákov, que Arkadi Avérchenko o que Svetlana”, enfatiza quien, como traductor, ha publicado Humor para Imbéciles, de Avérchenko, o las ediciones críticas de Almas muertas y Cuentos de San Petersburgo, de Gógol.

Por su parte, la poeta y traductora uzbeka Alina Dadaeva, cuya lengua materna es el ruso, concuerda con el origen común de ambas tradiciones.
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Hoy en día, y creo que desde, más o menos, el siglo 19, son tradiciones separadas. Sin embargo, hubo tiempo en la historia cuando en esas literaturas había mucha más relación”.
No obstante, señala que la complejidad de la relación tiene que ver con que, desde Rusia, históricamente se buscó menoscabar a la lengua ucraniana como un dialecto, negándole el estatus de idioma.
Lengua obligada
María del Mar Gámiz enmarca ese menoscabo por parte de Rusia a la lengua ucraniana como parte de una política lingüística imperialista que, desde tiempos de los zares hasta la Unión Soviética, buscaba imponerse. Y para ilustrarlo se remonta a varios siglos atrás.
Según un refrán sobre el origen de la cultura rusa: “Moscú es el corazón; San Petersburgo, su cabeza, y Kiev (actual capital de Ucrania), la madre”, dice en entrevista la traductora.
Mas, en el siglo 16, Moscú pasó a ser la capital de la Rusia imperial, a partir de lo cual se empieza a llamar “Pequeña Rusia” a la región de quienes eran más próximos étnica y lingüísticamente del grupo cultural de pueblos eslavos.
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Desde entonces se ve a los ucranianos y a los bielorrusos como hermanos menores de los rusos”, indica Gámiz, tesorera de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios y traductora de Vladímir Korolenko y Ósip Mandelshtam.

No es fortuita, pues, la histórica empresa de los ucranianos por ver reconocida su independencia, entre disputas constantes por defender el territorio de Crimea, así como por la libertad para escribir e imprimir obras en su lengua.
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Si los literatos querían tener una carrera como escritores tenían que irse a las ciudades centrales, a las ciudades del Imperio, que estuvieron variando entre Moscú y San Petersburgo”, apunta Gámiz, quien vuelve al caso de Gógol, curiosamente exaltado por el presidente ruso Vladimir Putin como un patriota y “padre de las letras rusas”, siendo ucraniano.

Una de las grandes aportaciones del autor a la cultura rusa, advierte, es la introducción del folclor, considerado como lo auténticamente ruso, en un tiempo en el que la aristocracia se había distanciado a tal grado del pueblo que los hijos de los nobles crecían hablando francés.
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Pero resulta que ese folclor que estaba recuperando era un folclor ucraniano. Y cuando Gógol escribe en ruso sus Almas muertas o sus grandes críticas, sus grandes sátiras, a los rusos los deja peor parados, mientras que sus personajes ucranianos son menos desagradables. Podríamos decir que Gógol puede ser uno de estos representantes de una no sé si lucha, pero sí necesidad de inclusión o de separación de lo ucraniano de lo ruso, pero de esta manera en la que los escritores ucranianos se vieron obligados a escribir en ruso si querían ser publicados, si querían vivir de ello. Así de fácil”, recalca Gámiz.
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